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noviembre 6, 2026

Las mujeres buscadoras politizan la maternidad y el cuidado


Casa de la Mujer

Olga Amparo Sánchez Gómez

En Colombia, el 21 de octubre se conmemora el Día Nacional de Reconocimiento a las Mujeres Buscadoras de las Víctimas de Desaparición Forzada. La Ley 2364 de 2024 reconoce y protege de forma integral la labor y los derechos de las mujeres buscadoras de víctimas de desaparición forzada.

Sin duda, la desaparición forzada es una de las formas más atroces de violencia en el contexto del conflicto armado colombiano. Sus efectos no se limitan a las personas desaparecidas: también alcanzan a sus familias, comunidades y territorios, y dejan incertidumbre, sufrimiento prolongado, proyectos de vida truncados y una lucha persistente por la verdad, la justicia y la memoria.

La magnitud de esta violencia ha sido documentada por diversas instituciones y organizaciones. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, a partir del trabajo conjunto con la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y el Human Rights Data Analysis Group (HRDAG), identificó 121.768 víctimas de desaparición forzada entre 1985 y 2016 y estimó que el universo podría alcanzar aproximadamente 210.000 víctimas. Por su parte, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) trabaja con un universo inicial de 137.000 personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado antes del 1 de diciembre de 2016 (https://www.comisiondelaverdad.co/violaciones-de-derechos-humanos-infracciones-al-derecho-internacional-humanitario-y/desaparicion).

¿Quiénes han enfrentado esta herida abierta en la sociedad colombiana?

Las mujeres buscadoras han llevado al espacio público sus experiencias de sufrimiento, ausencia y duelo. Quizá, sin proponérselo al comienzo, su lucha por encontrar a sus seres queridos ha puesto a prueba a la sociedad colombiana. Una y otra vez, sus voces, sus cuerpos y sus búsquedas nos recuerdan que ese dolor no es exclusivamente privado ni familiar: está atravesado por relaciones de poder, violencias estructurales, impunidad y disputas por la verdad y la justicia. La búsqueda de sus hijas e hijos, compañeros, hermanos, hermanas y otros seres queridos convierte la experiencia íntima de la pérdida en una acción colectiva que cuestiona el orden social y político que hace posible la desaparición y que, en ocasiones, la prolonga a través del silencio, la indiferencia y el abandono institucional.

Sus maternidades desbordan el mandato patriarcal que las limita a la reproducción biológica, al cuidado como sacrificio permanente y a la negación de sí mismas. Las mujeres buscadoras deciden salir, ocupar el espacio público con sus cuerpos y visibilizar aquello que tantas veces la sociedad ha querido silenciar. Llevan consigo fotografías, prendas y recuerdos de sus seres queridos desaparecidos y desaparecidas; bordan sus nombres, cuentan sus historias y comparten el dolor de su ausencia. Estos gestos, también actos de amor y resistencia, disputan el olvido y mantienen la presencia simbólica, afectiva y política de quienes no están. El dolor compartido no necesariamente desaparece, pero encuentra en otras mujeres un espacio para nombrarlo, escucharlo y acompañarlo. Así, se convierte en vínculo, memoria histórica, denuncia y acción colectiva. A pesar de las adversidades, los señalamientos y las amenazas, ellas no claudican.

Recorren los territorios, excavan la tierra, interpelan al Estado y a sus instituciones, tejen redes de solidaridad y denuncian públicamente la ausencia de sus seres queridos. Exigen verdad, justicia y reparación. En sus búsquedas, la maternidad adquiere otros sentidos: deja de ser únicamente una experiencia íntima y se convierte en una práctica política que confronta las violencias, cuestiona las relaciones de poder y reclama el derecho a saber qué pasó con quienes les fueron arrebatados y arrebatadas.

La reexistencia de las mujeres buscadoras

Las mujeres buscadoras no solo resisten las violencias que atraviesan sus vidas, sino que también crean formas de existir, relacionarse y habitar el mundo que desafían el orden que pretende reducirlas al sufrimiento, a la impotencia o al silencio. Rehacen sus vidas en medio de la ausencia, construyen vínculos donde la soledad amenaza con imponerse y encuentran en otras mujeres la fuerza para continuar. Su reexistencia no significa que el dolor desaparezca ni que la búsqueda deje de pesar. Significa que, aun en medio de ese dolor, ellas crean posibilidades para seguir viviendo, cuidándose y reclamando justicia.

Gracias a la lucha y la reexistencia de las mujeres buscadoras, la sociedad colombiana ha podido conocer otras dimensiones de la desaparición forzada y reconocer los saberes que ellas han construido desde su experiencia. Sus recorridos, sus preguntas y sus maneras de nombrar la ausencia nos enseñan cómo se busca en medio de la incertidumbre, cómo se tejen espacios de cuidado y cómo se abren caminos de verdad y justicia allí donde la impunidad amenaza con cerrar toda posibilidad de futuro. En sus prácticas de cuidado hay también una interpelación a una sociedad que ha dejado sobre los hombros de las mujeres buena parte de la responsabilidad de buscar, recordar y sostener la vida.

Las mujeres buscadoras reexisten al transformar la ausencia impuesta en presencia colectiva, el dolor en memoria y la maternidad en una práctica política de dignidad, cuidado y exigencia de justicia. Su búsqueda no solo intenta encontrar a quienes les fueron arrebatados y arrebatadas, sino que también cuestiona las condiciones sociales y políticas que hicieron posible su desaparición. Nos recuerda que ninguna vida debe condenarse al olvido, que ninguna ausencia debe tratarse con indiferencia y que todas las vidas merecen ser lloradas.

Porque buscar también significa amar, recordar y reexistir. Porque, mientras ellas sigan nombrando a sus seres queridos, sus vidas no se reducirán a una cifra ni sus historias quedarán sepultadas en el silencio. Y porque una sociedad que reconoce el dolor de quienes buscan también debe acompañarlas, cuidarlas y comprometerse con la verdad y la justicia.


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