agosto 3, 2026
Tradwives’: la tendencia viral que reabre el debate sobre el papel de las mujeres en Colombia

Más que una tendencia de redes sociales, el fenómeno de las esposas tradicionales reabre en Colombia un viejo debate sobre el lugar de las mujeres, el valor del trabajo de cuidado y los discursos que hoy vuelven a ganar fuerza bajo una nueva estética digital.
Vestidos y delantales, panes de masa madre recién horneados, cocinas impecables y cenas listas para recibir al esposo que regresa del trabajo son algunas de las imágenes que, desde hace algunos años, inundan TikTok, Instagram y YouTube bajo la etiqueta tradwife, abreviatura de traditional wife o «esposa tradicional». A ellas se suman videos en los que mujeres aseguran haber encontrado la felicidad al renunciar a su carrera profesional para dedicarse por completo al hogar, un fenómeno que comenzó como una tendencia estética en redes sociales, pero que hoy alimenta un debate mucho más profundo sobre el papel de las mujeres, la igualdad de género y el resurgimiento de discursos conservadores.
Aunque el fenómeno nació en Estados Unidos y el Reino Unido, donde algunas creadoras de contenido han llegado incluso a cuestionar derechos como el sufragio femenino, sus narrativas también han empezado a circular entre audiencias colombianas. No lo hacen bajo un movimiento organizado ni con el mismo alcance político, pero sí a través de contenidos que exaltan la maternidad, la feminidad tradicional y el hogar como proyecto de vida.
Aterrizar el debate al contexto nacional exige una precisión: en Colombia no existe un movimiento tradwife consolidado ni organizado. Lo que sí existe es la creciente difusión de discursos que idealizan la sumisión, exaltan la maternidad y presentan el hogar como el lugar donde las mujeres alcanzan una realización más auténtica.
Para las investigadoras consultadas por CAMBIO, ese matiz resulta fundamental. El debate no consiste en cuestionar que una mujer decida quedarse en casa para cuidar a su familia. Lo problemático aparece cuando esa decisión individual empieza a difundirse como el modelo deseable o moralmente superior para todas.
«La discusión no debería centrarse en si una mujer puede o no dedicarse al hogar. Claro que puede hacerlo. El problema aparece cuando esa opción deja de presentarse como una posibilidad entre muchas y comienza a difundirse como el modelo natural o ideal para todas las mujeres», Giovana Suárez Ortiz, filósofa feminista y docente de las universidades del Quindío y Javeriana.
Mucho más que quedarse en casa
Reducir el fenómeno tradwife a mujeres que prefieren ser amas de casa resulta insuficiente. Las especialistas coinciden en que detrás existe una corriente cultural mucho más amplia, que recupera una imagen idealizada de la familia tradicional y de una división rígida de los roles de género.
Según Suárez, esta narrativa tiene raíces históricas mucho más antiguas que las redes sociales. Se alimenta del ideal victoriano de la mujer como «ángel del hogar», atraviesa la figura de la ama de casa de la posguerra estadounidense y reaparece hoy envuelta en una estética cuidadosamente diseñada para plataformas digitales.
Mara Viveros, profesora titular de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional, coincide en que el fenómeno debe entenderse dentro de un ecosistema digital mucho más amplio. Las tradwives hacen parte de lo que distintas investigadoras denominan la femosfera: un conjunto de comunidades en línea donde conviven discursos muy diversos sobre feminidad, desde quienes promueven la autonomía económica hasta quienes reivindican la sumisión conyugal o el regreso al hogar.
Lo que estas comunidades comparten no es necesariamente una postura política idéntica, sino una capacidad enorme para convertir estilos de vida en un contenido atractivo.
Las escenas de cocina, maternidad o cuidado doméstico dejan de mostrarse como actividades rutinarias y pasan a convertirse en productos audiovisuales cuidadosamente editados. La limpieza, la crianza y la preparación de alimentos aparecen libres del cansancio, del estrés y de los conflictos cotidianos que normalmente implican esas tareas.
Como explica Viveros, las redes sociales transforman el trabajo doméstico en un espectáculo visual capaz de generar millones de reproducciones, seguidores e incluso ingresos económicos.
¿Por qué este discurso encuentra eco?
Las expertas coinciden en que el auge de estos contenidos no puede explicarse únicamente por un resurgimiento del conservadurismo. Detrás existe un malestar social mucho más complejo.
En Colombia, millones de mujeres enfrentan jornadas dobles o incluso triples: trabajan fuera del hogar, realizan la mayor parte de las labores domésticas y asumen buena parte de las responsabilidades de cuidado. En ese escenario, la promesa de una vida más pausada, organizada y sin la presión constante de equilibrar múltiples responsabilidades puede resultar profundamente seductora.
«Vivimos un momento de incertidumbre económica, precarización laboral y agotamiento frente a la productividad permanente. En ese contexto, la imagen de una vida ordenada y aparentemente sencilla puede resultar muy atractiva para algunas personas», señala Suárez.
Viveros agrega que el atractivo del discurso también responde a factores profundamente colombianos. Persisten valores familiares y religiosos que continúan otorgando un alto reconocimiento social a la maternidad y al cuidado como componentes centrales de la identidad femenina. Al mismo tiempo, muchas mujeres experimentan el desgaste que implica sostener simultáneamente el trabajo remunerado y el no remunerado.
Para la profesora Lina Acuña, del Instituto Latinoamericano de la Familia de la Universidad de La Sabana, parte del éxito de estas narrativas responde precisamente a un sistema laboral que continúa desconociendo las necesidades específicas de muchas mujeres. Desde esa perspectiva, algunas mujeres encuentran en estos discursos una reivindicación de dimensiones de la feminidad que se sienten poco valoradas por el mercado laboral contemporáneo.
La realidad colombiana, sin embargo, dista mucho de esa imagen idealizada. La mayoría de las mujeres no puede permitirse abandonar el trabajo remunerado y las tareas domésticas y de cuidado continúan recayendo, de manera desproporcionada, sobre ellas.
La fantasía de la ‘esposa tradicional’ choca con la realidad colombiana
Si en redes sociales el universo tradwife parece mostrar una vida pausada, donde el cuidado del hogar es sinónimo de bienestar y plenitud, la realidad colombiana cuenta una historia distinta.
Las cifras más recientes de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) del DANE muestran que las mujeres siguen sosteniendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados. Casi nueve de cada diez mujeres realizan labores no remuneradas en el hogar y dedican, en promedio, siete horas y 35 minutos al día a estas tareas, mientras que los hombres invierten apenas tres horas y 14 minutos. Cuando se suman el trabajo remunerado y el no remunerado, ellas trabajan casi tres horas más cada día que los hombres.
«Muchas mujeres enfrentan dobles o triples jornadas: participan en el mercado laboral y, al mismo tiempo, continúan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados», explica Mara Viveros. El problema es que esa promesa «invisibiliza que la posibilidad de dedicarse exclusivamente al hogar depende de condiciones materiales muy específicas», como contar con estabilidad económica o con una pareja que pueda sostener financieramente el hogar.
«La imagen de la esposa tradicional que vemos en redes es la de una mujer privilegiada. Para tener tiempo de preparar pan artesanal, cultivar sus alimentos, educar a sus hijos en casa y producir contenido para internet existe una red de trabajo invisible que sostiene ese estilo de vida», señala Suárez. Detrás de esa aparente autosuficiencia, explica, suele haber trabajadoras domésticas, cuidadoras o ingresos suficientes que permiten delegar parte de las tareas cotidianas.
La profesora advierte que esa estética termina ocultando las profundas desigualdades de clase sobre las que, en muchos casos, se sostiene esa vida idealizada.
¿Es realmente una elección libre?
Uno de los principales argumentos de las creadoras de contenido asociadas al fenómeno tradwife es que quedarse en casa constituye una decisión personal y una expresión de libertad. Desde esa perspectiva, la libertad consistiría en elegir voluntariamente la maternidad, el cuidado y la vida doméstica.
Sin embargo, las investigadoras consultadas coinciden en que el debate no puede reducirse a la dicotomía entre libertad y opresión.
«La pregunta no es si las mujeres pueden dedicarse al hogar. La pregunta es cómo entendemos la libertad y bajo qué condiciones ejercemos nuestras elecciones», afirma Suárez.
La académica recuerda que ninguna decisión ocurre en el vacío. Las expectativas culturales, las relaciones de poder, la situación económica y las ideas sobre qué significa ser una «buena madre» o una «buena esposa» también influyen en las elecciones individuales. Por eso, sostiene, el feminismo no se limita a defender la posibilidad de elegir, sino que también analiza las condiciones bajo las cuales esa elección se produce.
«En Colombia persisten profundas brechas de género en los ingresos, el acceso al empleo, la distribución del trabajo doméstico y de cuidados y la violencia contra las mujeres. Para muchas de ellas, quedarse en casa no constituye una alternativa real, porque necesitan generar ingresos para sostener a sus familias«, añade Mara Riveros.
Para Allison Wolf, coordinadora de la Maestría en Género y profesora asociada del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes, el debate debe plantearse desde otra perspectiva. En lugar de discutir si las mujeres están eligiendo libremente ser tradwives, propone preguntarse por qué esa opción empieza a parecer atractiva.
«Las mujeres sí están eligiendo; lo que ocurre es que están eligiendo entre las opciones que la sociedad les presenta», afirma. Y agrega que el verdadero interrogante es qué está ocurriendo en las estructuras laborales, salariales y sociales para que abandonar el trabajo remunerado parezca, para algunas, una alternativa más deseable que permanecer en él.
Un modelo que nunca fue mayoritario
El ideal de la esposa mantenida por un único proveedor masculino nunca llegó a consolidarse plenamente en Colombia. Mientras en Estados Unidos el modelo de familia de mediados del siglo XX logró convertirse en un referente ampliamente difundido, la historia colombiana ha sido distinta.
«Para millones de mujeres colombianas, el trabajo remunerado nunca representó una alternativa al hogar, sino una condición indispensable para la supervivencia y el sostenimiento de sus familias», explica Mara Viveros.
La investigadora recuerda que mujeres campesinas, afrodescendientes, indígenas y de sectores populares han combinado históricamente el trabajo doméstico con actividades remuneradas. En consecuencia, el imaginario de la ama de casa dedicada exclusivamente al hogar estuvo restringido, sobre todo, a determinados sectores urbanos de clase media y alta.

Lina Acuña coincide en ese diagnóstico. A su juicio, la estructura actual de las familias colombianas hace que el modelo tradwife sea poco viable para la mayoría de los hogares. «En nuestro país es muy poca la población femenina que realmente puede adoptar un modelo de vida como el planteado por las tradwives«, afirma.
Además, recuerda que buena parte de los hogares colombianos tienen jefatura femenina, por lo que depender económicamente de un único proveedor masculino simplemente no corresponde a la realidad cotidiana de millones de familias colombianas.
Esa distancia entre el ideal que circula en redes sociales y las condiciones materiales del país muestra que el fenómeno trasciende una tendencia digital.
Cuando lo privado se convierte en un debate político
El fenómeno tradwife ha ganado visibilidad internacional en los últimos meses no solo por los millones de reproducciones que acumulan sus creadoras de contenido, sino porque algunas de sus representantes más visibles, especialmente en Estados Unidos, han comenzado a cuestionar derechos que parecían consolidados. Entre ellos, el voto femenino.
Durante una cumbre conservadora realizada recientemente en Texas, varias influenciadoras defendieron la idea del household voting, un sistema en el que el voto del hogar sería ejercido únicamente por el esposo, bajo el argumento de que la familia constituye una sola unidad política. Aunque esa postura no representa a todas las activistas del movimiento tradwife, sí reabrió una discusión sobre el alcance político de estas narrativas.
Giovana Suárez insiste en que no todas las mujeres que se consideran esposas tradicionales apoyan la eliminación del voto femenino ni comparten las posiciones más radicales. Sin embargo, considera preocupante que algunas figuras con gran capacidad de influencia comiencen a instalar nuevamente preguntas que durante décadas parecían resueltas.
Para Allison Wolf, el riesgo principal no radica en que existan mujeres que prefieran un estilo de vida tradicional, sino en que estos discursos presentan como discutibles principios básicos de igualdad.
«Cuando este tipo de discursos resurgen, nos obligan a dedicar tiempo y energía a defender principios que deberían ser indiscutibles: que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres y poseen igual dignidad y valor«, afirma. En un país como Colombia, agrega, donde las mujeres todavía enfrentan múltiples barreras para acceder plenamente a sus derechos, ese tipo de discursos puede resultar especialmente problemático.
Los algoritmos también moldean la conversación
Aunque el fenómeno nació en el mundo anglosajón, las investigadoras coinciden en que las plataformas digitales han acelerado su circulación y adaptación a otros contextos.
Según Mara Viveros, los algoritmos pueden conducir a las personas desde contenidos aparentemente inofensivos hacia narrativas cada vez más conservadoras o abiertamente antifeministas. En Colombia, sin embargo, ese tránsito suele ser menos evidente que en Estados Unidos.

Para Suárez, precisamente ahí radica uno de los principales retos al analizar este fenómeno. No se trata de asumir que toda creadora de contenido sobre maternidad o familia hace parte del movimiento tradwife, sino de comprender cómo ciertas narrativas empiezan a circular con fuerza entre públicos específicos, favorecidas por los algoritmos y por el contexto social.
En Colombia, más que creadoras que se identifican explícitamente como tradwives, lo que predomina es un ecosistema de influenciadoras dedicadas a hablar sobre maternidad, familia, bienestar, cristianismo o feminidad tradicional. Muchas no adoptan toda la agenda política del movimiento estadounidense.
Un debate que Colombia ya había tenido
Aunque el lenguaje sea nuevo y las plataformas hayan cambiado, las discusiones sobre cuál debe ser el lugar de las mujeres en la sociedad no son recientes.
Durante su investigación sobre la historia de las mujeres colombianas, Giovana Suárez encontró que, desde comienzos del siglo XX, existían discursos que exaltaban a las mujeres como madres, esposas y educadoras morales de la nación. Incluso aquellas que participaban en la vida pública debían justificar su presencia afirmando que lo hacían para servir mejor a la familia o al país.
«La domesticidad nunca fue simplemente un asunto privado; fue una forma de organizar el orden social y político», explica.
La diferencia, dice, es que antes esas ideas circulaban en manuales de urbanidad, publicaciones religiosas o revistas femeninas. Hoy lo hacen a través de TikTok, Instagram y YouTube, donde una estética cuidadosamente construida multiplica su alcance y capacidad de influencia. Por eso, reducir las tradwives a una moda pasajera de internet sería ignorar la discusión de fondo.
Lo que está en juego no es únicamente la decisión de algunas mujeres de dedicarse al hogar, sino la forma en que la sociedad vuelve a debatir quién debe cuidar, quién debe trabajar, quién puede participar en la vida pública y quién tiene la autoridad para definir qué significa ser una «buena mujer».
Mientras las redes sociales presentan la vida tradwife como un regreso a lo «tradicional», la realidad colombiana demuestra que ese modelo nunca fue la experiencia de la mayoría de las mujeres. Más que una nostalgia por el pasado, estas narrativas reflejan tensiones profundamente contemporáneas: el agotamiento de las dobles jornadas, la precariedad de los sistemas de cuidado, la incertidumbre económica y la disputa por el significado de conceptos como libertad, familia e igualdad.
En ese contexto, el verdadero desafío no consiste en decidir si una mujer debe trabajar fuera del hogar o quedarse en él, sino en garantizar que cualquiera de esas decisiones pueda tomarse sin estar condicionada por la desigualdad, la dependencia económica o la presión de un único modelo de feminidad. Solo entonces el debate dejará de centrarse en la elección individual de algunas creadoras de contenido para volver a la pregunta de fondo: quién cuida, quién trabaja y quién tiene el poder de definir cuál debería ser el lugar de las mujeres en la sociedad.
FUENTE: https://cambiocolombia.com/












