agosto 24, 2026
¿Quiénes pueden ser esposas tradicionales? El ideal de las tradwives y las realidades del cuidado en Colombia

La tendencia en las redes sociales de las tradwives, o esposas tradicionales, nos lleva a plantear una diferencia entre el estereotipo de esposa tradicional y la realidad de las mujeres en el país y su rol de cuidado, incluso en el contexto del terremoto del pasado 10 de agosto.
La tendencia digital de las tradwives —abreviatura de traditional wives (esposas tradicionales)— parece reivindicar una elección individual: volver al hogar, cuidar de la familia y recuperar los roles tradicionales de género. ¿Pero qué idea de mujer, de familia y de comunidad está detrás de ese ideal, y, sobre todo, quiénes pueden realmente habitarlo?
En las imágenes de las tradwives hay algo que nos resulta familiar, pues la publicidad ya las había puesto en circulación: una mujer en una cocina impecable, preparando alimentos para su familia; una madre dedicada a sus hijos; una esposa que espera a su marido con la casa ordenada. Todo parece transcurrir en un mundo sin prisa, incertidumbre ni conflictos. Frente a la aceleración de la vida contemporánea, esas imágenes ofrecen una promesa de orden, estabilidad y armonía. Tal vez por eso conviene detenerse a mirar lo que dejan fuera.
Las tradwives forman parte de un fenómeno surgido principalmente en el mundo angloparlante y amplificado por las redes sociales. Allí, los estilos de vida se convierten en contenido, audiencia, y eventualmente, en ingresos.
Las tradwives forman parte de una femosfera —conjunto heterogéneo de espacios y comunidades en línea donde las mujeres comparten experiencias, producen discursos y construyen formas de identificación y apoyo—, en donde conviven intercambios sobre la reivindicación de la autonomía económica con la defensa de la feminidad tradicional, la sumisión conyugal o el regreso al hogar.
Pero más que preguntarnos qué son las tradwives, quisiera formular otra pregunta: ¿quiénes pueden ser tradwives?
¿Acaso no soy una mujer?
Esta pregunta me remite inevitablemente a Sojourner Truth (1797-1883), afroamericana abolicionista en el siglo XIX, y a su célebre interpelación: “¿Acaso no soy una mujer?”. Su experiencia como mujer negra y antes esclavizada hizo visible algo que los discursos universales sobre “la mujer” tendían a ocultar: que la experiencia de ser mujer está atravesada por la raza, la clase y otras relaciones de poder.
Algo semejante ocurre cuando observamos el ideal contemporáneo de la tradwife. ¿De qué mujer hablamos cuando reivindicamos a aquella que puede dedicarse al hogar, la maternidad y el cuidado mientras un hombre garantiza el sustento familiar?
No se trata de una figura neutra. El ideal de la tradwife suele asociarse con una mujer heterosexual, blanca o mestiza de piel clara, de sectores medios o altos y con recursos económicos suficientes. Esto no significa que toda mujer que decida quedarse en casa responda a ese perfil o siga una agenda conservadora, sino que el modelo presentado como universal tiene una historia social particular y depende de condiciones que no están igualmente disponibles para todas.
Desde la antropología sabemos que las familias y los roles de género nunca han sido universales ni inmutables. Lo que hoy se presenta como “tradicional” es una construcción histórica específica, asociada sobre todo con el modelo de familia de clase media occidental que adquirió fuerza a mediados del siglo XX.
Una tradición que nunca fue para todas
En Colombia esta pregunta resulta particularmente importante. Aquí nunca se consolidó plenamente el modelo familiar basado en el hombre como proveedor exclusivo y la mujer dedicada al hogar. El ideal de la ama de casa sostenida por un marido fue siempre una experiencia limitada, principalmente vinculada a determinados sectores urbanos de clase media y alta.
En cambio, la historia colombiana ha estado marcada por la participación constante de las mujeres en el trabajo productivo. En el campo y las ciudades ellas han trabajado para sostener sus hogares mientras asumen buena parte de las tareas domésticas y de cuidado.

Para millones de mujeres colombianas el trabajo remunerado nunca fue una alternativa al hogar: fue una condición indispensable para la supervivencia y el sostenimiento de sus familias. Históricamente mujeres campesinas, indígenas, afrodescendientes y de sectores populares han combinado trabajo remunerado, trabajo doméstico y cuidados.
Por eso, cuando la dedicación exclusiva al hogar se presenta como una posibilidad universal de realización femenina, es necesario preguntarse quiénes pueden realmente permitirse esa elección.
La elección y sus condiciones
Uno de los elementos más atractivos del discurso tradwife es precisamente el lenguaje de la elección: “no es sumisión, es mi elección”.
Es importante tomar en serio esa afirmación. Algunas mujeres pueden elegir dedicarse al hogar y encontrar satisfacción en la maternidad, el cuidado o la organización tradicional de la vida familiar. Esa decisión merece respeto. El problema aparece cuando esa elección se presenta como igualmente disponible para todas o como el modelo deseable de realización femenina.
Porque elegir supone tener opciones. Una mujer se puede quedar en la casa porque cuenta con los recursos económicos para hacerlo; otra porque no encuentra un empleo compatible con sus responsabilidades de cuidado; y otra puede verse obligada a abandonar el mercado laboral por falta de redes de apoyo. Las mismas prácticas pueden tener significados muy distintos según las condiciones sociales en que se producen.
Además, nuestros deseos y aspiraciones no se construyen exclusivamente de manera individual: están atravesados por normas sociales, relaciones de poder y expectativas culturales. Por eso la pregunta no es solo si una mujer puede elegir quedarse en la casa, sino por qué esa forma de vida se vuelve a presentar como un ideal de realización femenina y bajo cuáles condiciones aparece como natural, deseable e incluso emancipadora.
Aquí surge una paradoja. Las tradwives pueden resultar atractivas porque expresan los malestares reales de muchas mujeres: dobles o triples jornadas, precariedad laboral, dificultades para conciliar trabajo y familia, e incertidumbre económica y afectiva. La imagen de una vida más pausada y centrada en el hogar puede ofrecer una salida seductora a ese agotamiento.
El problema es que esa respuesta individual puede ocultar las causas sociales del malestar. Si las mujeres están agotadas por la desigual distribución del cuidado, podríamos preguntarnos cómo redistribuirlo; si la maternidad resulta incompatible con el empleo, discutir las condiciones laborales y las políticas de cuidado. La respuesta no tendría necesariamente que ser el regreso a un orden tradicional de género.
De la cocina a la pantalla
Un rasgo específicamente contemporáneo de este fenómeno es la conversión de la vida doméstica en espectáculo.
Cocinar se convierte en una imagen cuidadosamente producida; la maternidad aparece estetizada; la pareja se muestra en escenas de armonía y la casa se convierte en escenario de una vida bucólica y apacible, mientras que la monotonía, el cansancio, los conflictos y las dificultades materiales del cuidado quedan generalmente fuera de cuadro.
Las tradwives no venden únicamente un estilo de vida. Venden la representación de un determinado estilo de vida, precisamente porque ofrece imágenes reconocibles, aspiracionales y emocionalmente atractivas para las redes sociales.
Los míos no son solo los de mi casa
En contraste con este imaginario, encontramos otra escena del cuidado protagonizada por mujeres colombianas que me parece profundamente significativa.
Después del reciente terremoto hemos visto circular imágenes de mujeres de distintos sectores sociales —fundamentalmente de sectores populares— que se movilizan para ayudar a quienes han sufrido sus efectos: mujeres que cocinan, recogen ayudas, acompañan, organizan, limpian, cuidan y ponen su tiempo a disposición de otras personas.
Estas imágenes se podrían leer como convencionales, pues reproducen una división sexual del trabajo naturalizada. Sin embargo me producen una emoción particular, ya que en la práctica desafían la idea de la cocina y el cuidado como actividades confinadas al ámbito privado del hogar.
En Colombia las mujeres se movilizan para ayudar, en solidaridad con otros. Foto: Esteban Vega La-Rotta/AFP
Lo doméstico y el cuidado se vuelven colectivos y se politizan. También hay hombres cuidadores, ausentes del cuadro bucólico de las tradwives. Los cuerpos están cansados y los gestos responden a la urgencia. Son contranarrativas visuales que le restituyen al cuidado su dimensión material, colectiva, de clase y de raza.
Frente al ideal de la mujer como “ángel de su propio hogar”, estas mujeres parecen estar diciendo otra cosa: los míos están bien, pero los míos no son solo los de mi casa. En barrios populares, comunidades rurales y territorios atravesados por desigualdades, cuidar también ha significado organizarse, compartir recursos y responder colectivamente a las crisis. Frente al ideal tradwife, que concentra la realización femenina en el hogar y en el cuidado de “los míos”, estas prácticas de solidaridad amplían la idea sobre quiénes son “los míos”, extendiendo la sensibilidad del cuidado hacia otros seres vivos y hacia lo no humano.
No se trata de abandonar la familia. Podemos reconocer con gratitud que “los nuestros” están bien, y al mismo tiempo entender que la comunidad moral del cuidado se puede extender mucho más allá de las fronteras del hogar.
Y quizá aquí la pregunta de Sojourner Truth vuelva a cobrar fuerza. Si debemos preguntarnos quién puede ser una tradwife, también debemos preguntarnos quién queda incluido cuando decimos “mujer”, “familia” y “los míos”.
Porque no existe una única experiencia de ser mujer, ni una única forma legítima de cuidar, ni una sola manera de construir una vida satisfactoria.
En tiempos de incertidumbre, quizá nuestra tarea no sea regresar a un pasado idealizado, sino construir otras formas de seguridad, cuidado y comunidad: formas en las que ninguna mujer, en toda su pluralidad, tenga que escoger entre autonomía y cuidado; en las que cuidar no signifique quedar confinada al hogar; y en las que podamos decir, como tantas mujeres parecen haberlo dicho con sus acciones frente al terremoto: los míos están bien, pero los míos no son solo los de mi casa.
FUENTE: https://periodico.unal.edu.co/












