agosto 25, 2026
Echar raíces en las nubes: las mujeres que sembraron su porvenir en La Cruz de Medellín

En las laderas más empinadas de Medellín, allí donde las luces de la ciudad parecen un abismo de estrellas suspendidas en la niebla, se alza el barrio La Cruz, en Manrique Oriental. Es un territorio vertical esculpido por los pasos de miles de personas que han tenido que inventarse un suelo nuevo tras perderlo todo. Primero llegaron los desplazados de la violencia partidista de los años 50, luego quienes huyeron del campo por el conflicto armado entre el Estado y las guerrillas. Y ahora Colombia acoge a más de 2.8 millones de migrantes venezolanos, y Medellín es el hogar de 240 mil de ellos; seres humanos que buscan un rincón del mundo donde dejar de huir y empezar de nuevo.
Detrás de estas inmensas cifras hay rostros, sueños y luchas. Para transformar la ayuda humanitaria de emergencia en una estabilidad real, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), con el apoyo de Citi Foundation, puso en marcha el Proyecto Vincula.
Esta iniciativa no se quedó en los escritorios: llegó a las laderas para conectar a 850 familias con la salud, la vivienda digna y la inclusión financiera. En ese camino, la ayuda institucional dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en el motor de esperanza de dos mujeres: Crismargareth y Jenny.

El alfabeto del progreso en un colchón vacío
Crismargareth Soria Rodríguez tiene 32 años y una memoria que ha tenido que aprender a perdonar los golpes del camino. Nació en Guaranda, Sucre, pero sus padres la llevaron a Venezuela cuando tenía solo ocho meses. Creció en Maracaibo, se graduó como técnica paramédica y, tras una separación difícil, y por la crisis del país vecino, decidió migrar a Colombia en 2017. La violencia, sin embargo, la alcanzó de nuevo: un grupo paramilitar la obligó a desplazarse de la casa de su padre en Sucre, forzándola a correr hacia el vacío sin poder recoger una sola pertenencia.
Cuando llegó a Medellín, su realidad cabía entera sobre un colchón en el suelo. Repartió volantes bajo el sol, limpió panaderías y batalló meses enteros para demostrar su nacionalidad colombiana ante un sistema que dudaba de su acento. Tenía dos hijos que alimentar —Margel, que hoy tiene 15 años, y Robinson Alejandro, de 3— pero también poseía una convicción profunda: la educación sería su propósito y futuro.
La oportunidad llegó con el Proyecto Vincula entre julio y octubre de 2025. El apoyo se tradujo en algo muy concreto: el subsidio Cash for Rent, una transferencia mensual de 500 mil pesos durante tres meses que sumó un total de $1.500.000 destinados al arriendo. Para una madre que contaba cada moneda, ese alivio financiero significó poder respirar. Mientras el proyecto aseguraba el techo de su hogar, Crismargareth se sentó durante 8 horas —divididas en dos sesiones de 4 horas— a capacitarse en talleres de educación financiera, economía familiar y microcréditos.
Gracias al apoyo en el pago del arriendo, pudo ahorrar otros recursos para comprar zapatos, un bolso y útiles escolares. Y también ingresó a la universidad pública bajo la modalidad de matrícula cero para desplazados.
Hoy, cursa la Tecnología en Gestión Administrativa en el Instituto Técnico Metropolitana (ITM) y planea graduarse en 2028. Su esposo trabaja en una mototaxi porque un tumor en el oído le impide pasar los exámenes médicos de un empleo formal, pero en su casa el ambiente es de triunfo. Sentada frente a sus cuadernos, bajo la mirada orgullosa de su hija de 15 años, Crismargareth sonríe al mirar el pasado:
“Sobrevivimos, fuimos resilientes. Yo tengo una frase muy bonita que dice, mirar el pasado para poder mirar que tanto he caminado, que tanto he recorrido”.

La física del aceite y la guía de la comunidad
Unas cuadras más arriba, en el mismo sector de La Cruz, el calor del aceite hirviendo marca el ritmo de los días de doña Jenny Tovar, de 49 años. Su historia es la de un éxodo inmenso. Salió de La Victoria, en el estado Aragua (Venezuela), persiguiendo los pasos de su esposo Víctor, quien había migrado un año antes pasando noches enteras durmiendo en las aceras antes de lograr un aventón en camión hasta Medellín. En diciembre de 2018, asfixiada por la crisis económica, Jenny tomó a sus cinco hijos menores y cruzó la frontera a pie. Caminaron por las carreteras colombianas hasta llegar a la ciudad la misma noche del 24 de diciembre.
Soportaron el desplome de su primera vivienda de madera en el sector de La Iguaná y terminaron refugiándose en una pequeña casa de dos habitaciones en La Cruz. Pero Jenny y Víctor tenían una vocación innata de liderazgo y servicio. Cuando el Proyecto Vincula se desplegó en el territorio, en 2025, a través del programa complementario de Soluciones Duraderas de la OIM, los identificó formalmente como líderes de proceso y representantes de la población venezolana en el sector.
Su participación en el proyecto prescindió de las natilleras colectivas (una natillera es un modelo de ahorro informal colombiano donde un grupo aporta cuotas periódicas durante el año, genera intereses mediante préstamos internos y reparte todo el acumulado en diciembre), pero absorbió la esencia de la educación financiera y el amparo de vivienda. Ellos también recibieron los mismos $1.500.000 de pesos de auxilio habitacional repartidos en tres mensualidades.
Al quedar liberados de la preocupación del arriendo, el dinero mutó en herramientas de trabajo. Jenny combinó este impulso económico con las pautas de ahorro de los talleres y compró una freidora industrial y un carrito de comidas rápidas.
El negocio se convirtió en el corazón financiero de una familia de siete hijos. Con las ganancias de las hamburguesas y las papitas, y aplicando la disciplina financiera aprendida, reunieron los recursos para traer desde Venezuela a su última hija con sus nietos, alcanzando la reunificación total de su hogar.
Hoy, una de sus hijas mayores ya es bachiller y estudia Administración de Empresas mientras trabaja. Jenny y Víctor, además de atender su negocio, guían de manera voluntaria a otros migrantes que llegan a la ladera, enseñándoles las rutas para acceder a la salud y la educación. Jenny limpia el mostrador de su carrito con la certeza de que el esfuerzo ha valido la pena:
“Para nosotros es como un sueño cumplido, porque nosotros en Venezuela también éramos independientes y al ver que eso lo estamos logrando aquí, para nosotros fue bastante satisfactorio”.

El valor de las segundas oportunidades
A nivel macro, el Proyecto Vincula cerró un ciclo con resultados contundentes: 372 personas formadas en economía doméstica, 2.208 ciudadanos integrados formalmente al sistema de salud colombiano y 150 familias con un techo seguro gracias a las transferencias de alquiler.
Sin embargo, el éxito real de esta intervención no se mide en los balances de las oficinas. Se mide por las noches en el barrio La Cruz, cuando la niebla lo cubre todo. Es allí donde la ayuda financiera se convierte en dignidad pura: la constancia de una madre de treinta y dos años que repasa sus lecciones universitarias y el calor de un puesto de comidas rápidas que ha logrado volver a sentar a una familia entera alrededor de la misma mesa.

FUENTE: https://colombia.iom.int/












