septiembre 21, 2026
Independientes y valerosas: 72 años del voto femenino en Colombia

Hace 72 años las mujeres, en cabeza de las sufragistas, ganaron el derecho a elegir y ser elegidas
Es 2026 y hay tantas libertades en la vida de las mujeres que a veces se olvida que se tratan de derechos que alguna vez tuvieron que conquistarse.
Decisiones tan naturales como salir de casa sin pedir permiso. Estudiar. Trabajar y recibir un salario. Abrir una cuenta bancaria. Elegir con quién casarse -o decidir no hacerlo-. Tener hijos o no tenerlos. Firmar un contrato. Viajar. Tener una profesión. Opinar en público. Entrar a un puesto de votación, recibir un tarjetón, buscar un nombre entre decenas de candidatos, marcar una casilla y depositar el voto en una urna. O lanzarse a una candidatura política.

Más de la mitad de la población colombiana no tenía derechos
Aquello no siempre fue la realidad de las mujeres. En Colombia, para los años 1930, esta población ni siquiera tenía los derechos civiles, porque las mujeres antes de contraer matrimonio estaban a disposición de los hombres de su familia, y cuando se casaban, eran los esposos quienes administraban sus bienes.
Hasta que en 1932 el movimiento feminista, liderado en ese momento por Ofelia Uribe de Acosta y Georgina Fletcher, logró el reconocimiento de los derechos civiles de las mujeres. Sin embargo, faltaba más. Entre los años 1944 y 1945, para una reforma constitucional de ese entonces, las mujeres lograron el derecho a ser funcionarias públicas, pero aún no era suficiente.
“Hace cerca de 30 años se inició en Colombia por algunas mujeres independientes y valerosas la campaña en favor de sus derechos. Pero a pesar de que el país se enorgullecía de ser una democracia perfecta, más de la mitad de la población colombiana estaba privada de todos sus derechos. Se habían suscrito pactos internacionales que obligaban a Colombia a reconocer la plena ciudadanía femenina y nunca llegaba la hora de hacerla efectiva”, dijo en un discurso Josefina Valencia, en 1956, por la Televisora Nacional, como se recuerda en Señal Memoria.
Aunque se dice que fue Gustavo Rojas Pinilla quien otorgó el derecho al voto a las mujeres, esto va más allá de lo que un presidente “otorgó”.
Por varios años, las mujeres de distintos sectores políticos llevaron a cabo movilizaciones en distintos departamentos del país, recolectaron firmas e hicieron giras de propaganda encabezadas por lideresas como Josefina Valencia y Esmeralda Arboleda.
Además de crear espacios radiales y posicionar debates en el Capitolio.
Entre ellas estuvo una de las más importantes: el derecho a participar en las decisiones políticas del país. Un 25 de agosto de 1954, las mujeres colombianas conquistaron constitucionalmente el derecho al voto. Y en 1955, Josefina Valencia fue designada como la primera mujer gobernadora del país y del Cauca.
Años después, el primero de diciembre de 1957, más de 1.8 millones de mujeres acudieron por primera vez a las urnas. Esa no fue solamente la primera vez que una mujer colombiana depositó el voto, sino también el inicio de una era en que pudo hacerlo como ciudadana con derecho a decidir quién gobernaría, quién legislaría y qué rumbo tomaría el país.
2026: entre la paridad política y el fenómeno tradwife
Retomando la actualidad, 72 años después de aquella época, las mujeres viven otra realidad, y es la de aumentar la participación política que aún está lejos de ser igualitaria.
Para Mariangela Urbina, escritora y feminista, las cifras muestran que todavía hay mucho por hacer para que hombres y mujeres tengan una participación equilibrada en los espacios donde se toman decisiones, como el Congreso de la República. Pero para ella, la discusión no está únicamente en las cifras. También está en lo cultural.
Cada vez que se propone una política pública para avanzar en igualdad de género, explica, todavía hay quienes sienten que a las mujeres se les están “regalando” cosas. La comparación que hace es sencilla: no se puede correr una carrera en igualdad de condiciones cuando alguien salió 10 o 15 metros adelante.
“Se necesitan unas acciones afirmativas que favorezcan esos cambios estructurales, que no se trata de que nos regalen nada, sino todo lo contrario, de que construyamos esas condiciones para que las mujeres puedan jugar el juego político de manera justa”, explica.
Y mientras esa participación todavía busca crecer, en redes sociales aparece una tendencia que parece mirar hacia otro lado: mujeres jóvenes que reivindican la vida doméstica, la maternidad, el matrimonio y los roles tradicionales; pero que manifiestan querer renunciar a su derecho al voto.

Son las llamadas tradwifes, abreviatura de traditional wifes, mujeres que muestran en plataformas digitales una vida alrededor del hogar y, en algunos casos, de un esposo proveedor. (Ver recuadro) Para Urbina, que una mujer quiera ser madre, esposa o dedicarse al hogar no es el problema. Sostiene que cada mujer tiene derecho a elegir la vida que quiere vivir.
Incluso considera que parte del atractivo de esta tendencia puede estar relacionado con el cansancio de mujeres que sienten que deben hacerlo todo: trabajar, producir, cuidar y responder por múltiples responsabilidades.
El límite, para ella, aparece cuando una elección personal comienza a presentarse como el modelo que deberían seguir todas las mujeres. La discusión cambia de tono cuando algunas de estas ideas llegan al terreno político.
Para Urbina, convertir esa narrativa en propuestas que cuestionen la autonomía financiera, reproductiva o política de las mujeres significaría poner en riesgo derechos que costaron décadas de lucha.
“El problema es cuando ese fenómeno que es una tendencia de la moda se quiere convertir en política pública y nos venden esa forma de ser y esa narrativa desde las redes sociales como el que las mujeres perdamos nuestro derecho al voto, a la autonomía reproductiva y financiera. Entonces la elección de unas, que están en todo su derecho de elegir lo que quieran elegir, se convierte en una imposición para todas”, plantea.
Sin embargo, no todas las mujeres que defienden los roles tradicionales ven en ellos una amenaza a los derechos conquistados.
Juliana Alvarado Romero, abogada y candidata a la Cámara de Representantes por Norte de Santander del Centro Democrático, parte de una idea distinta: precisamente porque las mujeres conquistaron derechos, hoy también pueden elegir cómo quieren vivir.
Para ella, el derecho al voto significó reconocer la igualdad ante la ley, pero esa igualdad debe ir acompañada de libertad. Una mujer que decide ser madre, dedicarse al hogar o construir una familia bajo una concepción tradicional, sostiene, no es menos libre por hacerlo.
“Los derechos conquistados son precisamente eso: derechos que amplían nuestras posibilidades de elección, no obligaciones de adoptar una determinada forma de pensar o de vivir”, afirma.
Desde su propia experiencia como mujer joven y católica practicante, Alvarado defiende que los valores familiares, la maternidad y una determinada concepción de la vida también pueden hacer parte de las decisiones que una mujer toma libremente.
Por eso, considera que parte de la acogida de estos contenidos entre las nuevas generaciones puede explicarse por una búsqueda de estabilidad, compromiso, familia y maternidad. Valores que, según señala, han sido distorsionados en algunas series, canciones y discursos, pero que continúan teniendo significado para algunas mujeres. El punto de encuentro entre ambas posturas está en la palabra libertad. Las dos reconocen que una mujer debe poder elegir. La diferencia está en lo que consideran que puede ocurrir después de esa elección.

FUENTE: https://laopinion.co/












