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julio 17, 2026

Las que no se dejaron quitar la palabra


A 96 años del Partido Comunista Colombiano, dos artículos de 1950 en Vanguardia del Pueblo recuerdan que la lucha de las mujeres nunca fue solo por el voto: fue también por la paz, la tierra y el trabajo digno

Anna Margoliner
@marxoliner

En 1950, en Vanguardia del Pueblo, así se llamaba entonces el periódico del Partido Comunista de Colombia, una mujer llamada Mercedes Abadía escribió sobre las casas-cuna soviéticas, las obreras convertidas en ingenieras, Zoia Kosmodemiánskaya y las madres que perdían hijos en la guerra.

En la misma edición, un texto sin firma, Derechos políticos de la Mujer, hacía una cuenta que todavía duele: de 22 países de América, solo nueve reconocían a la mujer, y de forma parcial, algún derecho político. Colombia no estaba entre ellos: faltaban cuatro años para que las colombianas votaran.

Un debate que no debería estar abierto

Setenta y seis años después, en 2026, en el país que se enorgullece de haber inventado el sufragio moderno, hay pastores evangélicos con más de un millón de seguidores pidiendo abolirlo para las mujeres. Dale Partridge, de Arizona, quiere derogar la Decimonovena Enmienda (la de 1920) porque, dice, las mujeres votan movidas por una “empatía suicida”. Doug Wilson, pastor ligado al actual secretario de Defensa de Estados Unidos, propone el voto por cabeza de familia: uno solo, del hombre, por hogar.

No son voces aisladas de internet. En 2025 la Casa Blanca firmó una orden que exige pasaporte para votar, medida que golpearía sobre todo a las mujeres casadas que cambiaron de apellido. La historia no es lineal. Lo que en 1950 parecía una conquista en marcha, la mujer como sujeta política plena, hoy se discute otra vez, en el país que más presume de su democracia.

La paz, la fábrica y la cuna

En el artículo de Abadía no aparece una mujer aislada reclamando “temas de mujeres”, sino una obrera, una madre, una ingeniera. La Unión Soviética presumía a trescientas mil ingenieras y más de mil koljosianas condecoradas como Héroes del Trabajo Socialista.

El argumento de fondo, que atravesó todo el comunismo del siglo XX, era simple: no hay emancipación de la mujer sin transformar las relaciones de producción; el voto sin pan es una cáscara vacía.

El otro artículo, dirigido a las mujeres de Colombia, no separa esa lucha de la paz mundial contra la guerra de Corea, ni de los salarios miserables en fábricas y talleres. Llama a organizar comités Pro Derechos Políticos de la Mujer para exigir el voto, y se dirige a las campesinas, las obreras, las jóvenes, convocadas a salir de la pasividad en que, dice, todavía viven.

La consigna que lo cierra “a trabajo igual, salario igual” fue la bandera que retomaría luego la Unión de Mujeres Demócratas y que llevó a las comunistas a la victoria del sufragio de 1954, sin dejar de exigir estabilidad frente al despido por embarazo, tierra para las campesinas y paz como condición de todo lo demás.

Esa articulación entre voto, tierra y paz no fue retórica. En Colombia se pagó con sangre. Las mujeres comunistas sufrieron de forma diferenciada la violencia que exterminó a la Unión Patriótica en los ochenta y noventa; la Jurisdicción Especial para la Paz reconoció en 2021 al Partido Comunista como víctima colectiva del conflicto, con 1.200 víctimas en 58 años.

Por eso, cuando en 1950 pedían el cese de la guerra junto con el voto y el salario igual, no sumaban causas sueltas: anunciaban que ninguna ciudadanía es completa mientras a las mujeres se les niegue, a la vez, la tierra, el trabajo y la certeza de no enterrar a los suyos.

Desde el comunismo

Podría pensarse que esta discusión está saldada, pero 2026 desmiente esa comodidad. El voto de las mujeres vuelve a discutirse en la primera potencia del mundo, no por accidente sino como reacción frente a algo concreto: mujeres votando distinto a los hombres, eligiendo alcaldesas de izquierda, defendiendo el derecho al aborto.

Ahí está la vigencia de la lectura comunista: no una demanda que se gana una vez y queda garantizada, sino un terreno que se cierra o se abre según el estado de la lucha de clases.

Cuando la derecha necesita consolidar el poder, la primera trinchera que ataca es la ciudadanía política de las mujeres, tal como advertían aquellas columnas de 1950 al señalar que ni siquiera existe verdadera democracia en un país que niega a la mitad de sus ciudadanos el sufragio.

Noventa y seis años después de fundado el Partido Comunista Colombiano, con Claudia Flórez Sepúlveda como primera mujer al frente de su Secretaría General, la pregunta que dejaron planteada Mercedes Abadía y sus compañeras anónimas sigue abierta: ¿puede haber democracia mientras la mitad de la humanidad negocia, amenaza tras amenaza, su propio destino político?

La respuesta que ensayaron las comunistas de 1950 no fue solo una papeleta, sino organización sindical, salario igual, tierra propia para la campesina, casa-cuna para la hija de la obrera y, sobre todo, paz, entendida como condición para que ninguna de esas conquistas se sostuviera sobre un país en guerra.

Ese entramado voto, pan, tierra y paz entrelazado sigue siendo, contra el olvido y el retroceso, una salida política vigente.

FUENTE: SEMANARIOVOZ.COM


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