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junio 16, 2026

Las buscadoras desafían la postal idílica de Ciudad de México en el Mundial


En México suceden dos realidades al mismo tiempo: se celebra la máxima fiesta del fútbol, mientras el país enfrenta una crisis humanitaria. En este país hay más de 133.000 personas desaparecidas y miles de familias continúan buscándolas. En la capital, esa crisis también se libra en el espacio público. Mientras el Gobierno local gastó más de 23.000 millones de pesos en infraestructura, movilidad y renovación urbana para recibir la Copa del Mundo, las madres buscadoras intentan llenar esas mismas calles con los rostros de quienes siguen ausentes. Ante estas dos realidades, lo que está en disputa no es solamente una pared, una avenida o un poste. Es el derecho a definir qué ciudad merece ser visible.‌
Durante los últimos meses, la administración de la jefa de Gobierno capitalino, Clara Brugada, emprendió una campaña de transformación visual que incluyó murales, intervenciones urbanas y la llamada “ajolotización” de espacios públicos, la estrategia para incorporar la imagen del ajolote como símbolo de la capital. La intención fue clara: proyectar una ciudad segura, limpia y colorida, lista para recibir visitantes de todo el mundo.‌
Las mujeres buscadoras también quieren mostrar una ciudad. Pero una distinta. Una donde las fichas de búsqueda formen parte del paisaje y donde la desaparición no puede ocultarse detrás de una capa de pintura fresca.Una semana antes del torneo, mientras los alrededores del Estadio Azteca se preparaban para convertirse en una de las postales más reconocibles del Mundial, decenas de madres buscadoras y familiares llegaron con cubetas de engrudo, masking tape y cientos de fotovolantes. Su intención era llenar de todos esos rostros el espacio público.‌
Las familias de desaparecidos conocen bien la lógica de ocupar ese espacio público. Lo hacen con rapidez y con cierta discreción. Caminan en pequeños grupos, se dispersan por momentos y, cuando encuentran el punto acordado, comienzan a sacar las fichas. Una fotografía, luego otra. Después, otra más. Mientras unas pegan, otras cargan engrudo y gritan consignas. Avanzan sobre bardas, postes y muros, conscientes de que muchas de esas imágenes podrían desaparecer en cuestión de minutos.Han aprendido que la permanencia de un folleto en la calle nunca está garantizada. Durante años, han denunciado que muchas de las fichas que colocan son retiradas por trabajadores del gobierno pocas horas después de ser pegadas. Algunas veces, aseguran, son arrancadas en menos de una hora. “Automáticamente, la respuesta del gobierno es quitar las fichas, taparlas y volver a pintar los espacios para crear esta sensación de que aquí no pasa nada”, cuenta Helena Jiménez, familia social (la red de apoyo solidario) de María Vanessa Díaz Valverde, desaparecida en 2018 en Iztapalapa.‌
Para Gabriela Alonso Villarroel, hermana de Yudhistira Piña Villarroel, desaparecido en octubre de 2024 y localizado sin vida por su propia familia meses después, la acción tiene un significado que va mucho más allá de la búsqueda. “El fotovolante también es una herramienta de memoria”, explica.‌
Detrás de cada fotografía hay una historia interrumpida, una ausencia que persiste y una familia que se niega a olvidar. “Las familias pueden pasar muchos años buscando. Para las autoridades los casos se van olvidando, para nosotros no”. Las fichas pegadas en las calles también son una forma de impedir el olvido. Son una denuncia pública que crea memoria colectiva y recuerda que detrás de cada fotografía hay alguien que dejó una silla vacía en casa, un lugar vacío en una escuela o un puesto vacío en un trabajo.‌
“Es lo más triste que me ha tocado tener en las manos”, describe Rosa Isela Guzmán, madre de Luis Ángel López Guzmán, desaparecido desde 2018 en Tláhuac, una alcaldía en el sureste de Ciudad de México, mientras sostiene la foto de su hijo durante una manifestación a la llegada de la Copa del Mundo a la capital, un par de días antes del inicio del torneo. “Desde el momento en que tuve a Luis en un fotovolante, es dolor, es injusticia”.‌
Frente a la “ajolotización” promovida por la administración local, las familias comenzaron a utilizar la imagen de un ajolote buscador. En algunas ilustraciones aparece sosteniendo una ficha de búsqueda y vistiendo un jersey modificado de la selección mexicana: en el pecho, en lugar de llevar el escudo nacional, lleva una pala, y en la espalda una cifra imposible de ignorar: más de 133.000 personas desaparecidas en México. La imagen transforma un símbolo institucional en una denuncia y, al mismo tiempo, en una forma de resignificar la ciudad.‌
La paradoja es cruda. Los mismos muros que pueden ser utilizados para campañas institucionales, publicidad o celebraciones deportivas parecen convertirse en un problema cuando muestran los rostros de personas desaparecidas. Porque el fenómeno de la desaparición incomoda y obliga a mirar una realidad que no es festiva, sino dolorosa.‌
Las diferencias también se hacen visibles en la manera en que distintos cuerpos ocupan la ciudad. El día de la inauguración del Mundial, el pasado 11 de junio, cientos de personas celebraron durante horas en el Ángel de la Independencia, uno de los monumentos más emblemáticos de la capital mexicana. El Paseo de la Reforma permaneció cerrado por la concentración de decenas de miles de aficionados y aficionadas sin que existieran mayores obstáculos para el festejo. Miles de personas pudieron apropiarse de ese lugar para celebrar una victoria deportiva, la primera del equipo mexicano.‌
Una noche antes, durante una velada organizada por colectivos de búsqueda en las inmediaciones del estadio, cientos de policías limitaron el avance de las familias e impidieron que se acercaran a determinadas zonas. La escena revela algo más profundo que un operativo de seguridad: no todas las causas tienen el mismo derecho a ocupar el espacio público.‌
Las propias familias insisten en una aclaración que suele perderse en medio de la discusión pública: no están en contra del fútbol. Al contrario, muchas de las personas desaparecidas eran aficionadas. Seguían a sus equipos, acudían a los estadios, pertenecían a aficiones o compartían la emoción colectiva que produce este deporte. Algunas de ellas quizá habrían estado celebrando la llegada del Mundial a México. “Muchos de nuestros desaparecidos estarían felices porque el Mundial se diera aquí”, dice Helena Jiménez. “Pero justamente no están. No sabemos dónde están”.‌
La crítica de las familias está dirigida a la invisibilización de una crisis que continúa creciendo. A la facilidad con la que una ciudad puede invertir miles de millones de pesos para mostrarse al mundo mientras miles de familias siguen buscando prácticamente solas.‌
Olivia Rosales, quien busca a su hija Jimena López Rosales desde octubre de 2025, resume esa contradicción con una pregunta: “¿Cómo es posible que le den tanto renombre a un Mundial de manera internacional y no tengamos recursos en las fiscalías para poder localizar a nuestros hijos?”, afirma. La búsqueda, además, suele financiarse con recursos propios. Las fotocopias, las impresiones en papel, el pegamento y los traslados de los colectivos salen muchas veces del bolsillo de las familias. “En lugar de comprar algo para la casa, lo ocupamos para copias”, cuenta Olivia.‌
Mientras las autoridades trabajan para que la capital luzca impecable ante los ojos del mundo, las madres buscadoras insisten en mostrar aquello que no puede resolverse con pintura, murales o iluminación nueva. “Es triste ver que no es el México que nos han vendido. No es una ciudad colorida, es una donde existen fosas clandestinas y donde hay desaparecidos”, recrimina Rosa Isela.‌
La ciudad que se prepara para ser vista y la ciudad que sigue buscando a sus desaparecidos conviven en las mismas calles. La diferencia es que una recibe miles de millones de pesos. La otra sigue pegando fotocopias en los muros para recordar que, incluso durante la fiesta mundialista, todavía faltan cientos de miles de personas desaparecidas.‌
Paola Atziri Paz es periodista multimedia mexicana especializada en perspectiva de género y derechos humanos. Ha colaborado en medios como Animal Político, Reporte Indigo, Capital 21 y Rompeviento TV. Filósofa por la UNAM. 

Una imagen amable o familiar, con una mujer mexicana que triunfa en Hollywood, para atenuar las críticas. Esa ha sido una de las fotografías que nos dejó la inauguración del Mundial, en México, en un estadio Azteca al que no asistió la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, como tampoco el 99% de la población mexicana, probablemente incapaz de pagar los accesos más caros de la historia. Su presencia ahí no es casualidad ni azar. De hecho, este tipo de “estrategias” es muy común y tiene nombre: Femme-washing, o woman-washing o purple-washing, y suele usarse como un “lavado de imagen”, muy útil para desviar la atención de situaciones controversiales.

‌Salma Hayek y el presidente de la FIFA sonríen y alzan la Copa del Mundo y el estadio entero explota en aplausos; es el acto oficial de arranque del torneo. Pero, ¿qué torneo? En este Mundial, el más caro de la historia, los periodistas y jugadores no pueden hablar español pese a ser ese el idioma que habla uno de sus países sedes y la mitad de la población de otro de ellos. Además, jugadores, árbitros y personal de los equipos han sido tratados, en su llegada a Estados Unidos —el verdadero y más importante anfitrión—, con una serie de tratos racistas y otras vejaciones. Restricciones migratorias y gestos que rebasan la ficción más oscura, como el hecho de que la selección de Irán pernocta en Tijuana (norte de México) y accede a territorio estadounidense únicamente a jugar.

‌Sheinbaum aseguró, al ser cuestionada por la prensa, que la decisión de no ir al Azteca respondió a un acto “de congruencia” por los costos de las entradas. Y que Hayek no fue en representación ni de ella ni del Gobierno mexicano, sino que había sido decisión de la FIFA invitarla. “Es una decisión de la FIFA en un evento de la FIFA”, dijo. La intención del femme-washing es proyectar empatía usando el capital de simpatía y fama de una figura como Hayek, reconocida mundialmente por su carrera tenaz y exitosa en una industria que le ofrece muy pocas oportunidades a las mujeres latinas.

FUENTE: EL PAIS


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