junio 7, 2026
El macho alfa
Quizás una de las preguntas que no nos hemos hecho después del triunfo de Abelardo de la Espriella, el 31 de mayo, es por qué en la sociedad colombiana se sigue valorando y justificando el liderazgo desde la lógica patriarcal de la dominación encarnada en la figura del “macho alfa”.
Una y otra vez se valida al “macho alfa” como si fuera una característica natural o biológica de los varones y no una construcción cultural. Quizás por eso De la Espriella apela a la metáfora del tigre, mientras Milei y sus seguidores en Argentina recurrieron a la metáfora de los “leones” frente a los “corderos”. Una de sus frases más conocidas fue: “No vine a guiar corderos, vine a despertar leones”.
El uso de estas metáforas recrea imaginarios asociados a la masculinidad hegemónica: fuerza, dominio, competitividad y liderazgo vertical. Exaltan la autoridad, la confrontación y la figura del héroe individual. También alimentan la lógica de la competencia permanente, la superioridad sobre otros y otras, la idea de que la vida es una disputa constante entre vencedores y vencidos, y la creencia en una autosuficiencia casi absoluta que niega la interdependencia humana.
Ese líder alfa suele estar sobreactuado; en él todo es exceso: exceso de palabras, de gestos, de emociones, de violencias, de calificativos y de narrativas. Ellos son el centro de la escena, el centro de las miradas y de la atención pública y privada. Exponen sus vidas íntimas para ganar adeptos y adeptas, convierten lo personal en espectáculo y exhiben determinados atributos como expresión de poder y dominio. Buscan representar seguridad absoluta, lenguaje confrontativo, capacidad de mando vertical y desprecio por el consenso o la negociación. Dramatizan de manera permanente y apelan a las emociones tratando de desplazar los límites de la razón.
Cuando un liderazgo se sale de ese libreto, como ocurre con Iván Cepeda, las reacciones son reveladoras. Cepeda es mesurado, lee sus discursos, no “se despeluca”, como se dice popularmente. Resguarda su intimidad. En él hay contención en la gestualidad, en la emoción y en las palabras. Apela a la razón, algo que, dicho sea de paso, parece dar pocos réditos en la política colombiana. Nada en él es exceso; o tal vez sí: exceso de mesura, de reflexión y de contención.
Por eso, desde distintas orillas, se le exige que sonría más, que muestre más emociones, que se vista de otra manera, que deje de leer sus discursos, que exponga aspectos de su vida privada. Se le demanda ajustarse a un modelo de liderazgo basado más en la espectacularización de la personalidad que en la solidez de las ideas.
¿Por qué no nos damos la tarea de aceptar que los liderazgos políticos pueden expresarse de maneras diversas y que no todos tienen que construirse desde la recreación de los imaginarios que sustentan las prácticas patriarcales de los “machos alfa”? Pareciera que seguimos atrapados en una cultura política que privilegia la forma sobre el contenido, el espectáculo sobre las propuestas y la estridencia sobre la reflexión. Como dice el dicho popular, estamos dejando de lado lo importante por ocuparnos de la calentura de las sábanas.
En contraste, Iván Cepeda y Aida Quilcué hablan del cuidado, de la cooperación, de la escucha y de la construcción colectiva. Hablan de la defensa de la vida, de la justicia social y del cuidado de la Madre Tierra. No niegan la necesidad de los liderazgos, pero los entienden como una capacidad de convocar, sostener y construir con otras personas, más que de mandar sobre ellas.
Tal vez una de las preguntas de fondo para nuestra democracia no sea quién encarna mejor al líder alfa, sino si somos capaces de imaginar formas distintas de ejercer el liderazgo. Formas menos centradas en la dominación y más comprometidas con el cuidado de la vida, la construcción colectiva y la responsabilidad compartida. Porque la democracia necesita liderazgos, sí, pero no machos alfa.












