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junio 5, 2026

Las mujeres indígenas que tejen el cambio en Colombia


La Guajira, Colombia – En La Guajira, el viento no pide permiso. En el extremo más septentrional de Colombia, Aura Fuquene y Sindy Paola Uraira lo ven levantar arena del desierto, doblar cactus y sacudir las coloridas mantas que cuelgan en sus patios. Para ellas, y para el pueblo wayú, la comunidad indígena más grande de Colombia, el viento es más que un fenómeno natural. Es espíritu, ascendencia y lengua. El agua también desempeña un papel determinante, aportando tanto sustento como incertidumbre a las comunidades que dependen de ella.

Aura y Sindy viven en Riohacha, cerca de la desembocadura del río Ranchería, una masa de agua que debería sustentar la vida, pero que, en cambio, se ha convertido en una fuente de incertidumbre. Cuando llegan las lluvias torrenciales, se desborda, convirtiendo barrios enteros en espejos de agua.

Esa es la paradoja de La Guajira, una tierra árida que soporta meses de sequía para luego verse azotada por las inundaciones. La crisis climática ha intensificado estos extremos. Las sequías duran más, las lluvias caen con mayor intensidad y los patrones meteorológicos se han vuelto cada vez más impredecibles.

La amistad de Aura y Sindy se forjó mientras se enfrentaban a los retos de la vida en este territorio aislado, marcado por la escasez y la incertidumbre. Se conocieron hace cinco años durante unas actividades de liderazgo comunitario. Al principio, solo se cruzaban en las reuniones, pero con el tiempo se dieron cuenta de que compartían la misma visión para su comunidad y comenzaron a trabajar juntas para hacerla realidad.

Aura creció en el oeste de Venezuela, en una familia de manos hábiles y espíritu independiente. Tenía su propio negocio, su marido trabajaba como mecánico y sus tres hijos crecían en paz. Pero la situación económica del país fue erosionando poco a poco la vida que habían tardado años en construir.

En 2013, su marido viajó a Colombia. Poco después, Aura lo siguió. Fue una de las decisiones más difíciles de su vida, una decisión que millones de venezolanos tomarían más tarde al cruzar la frontera en busca de nuevas oportunidades.

Aura es wayuú, parte de un pueblo ancestral que siempre ha vivido a ambos lados de la frontera. Su lengua, el wayuunaiki, no tiene una palabra para «forastero» porque, para ellos, el territorio que habitan es uno y el mismo.

Para el pueblo wayuú, desplazarse entre Colombia y Venezuela no es migración. Es simplemente moverse por territorio ancestral. Por eso, cuando Aura cruzó a Riohacha, no sintió que estaba llegando a un país extranjero. En cierto modo, estaba retornando a casa.

Aun así, llegó sin documentos y sin una red de apoyo. Poco a poco, sus hijos se reunieron con ella.

«Fueron semanas muy duras», dice, con la serenidad de quien convirtió esa experiencia en fortaleza. Encontró trabajo, ahorró dinero y se organizó. Vendió fruta, ropa, perfumes. «Me valí de mí misma», dice. Esa independencia se convirtió en su ancla.

A medida que su familia se iba estabilizando poco a poco, Aura comenzó a preocuparse por lo que ocurría más allá de su propia puerta. Vio la desorientación, la vulnerabilidad y la invisibilidad que vivían otros venezolanos en la ciudad. Algo e e se encendió dentro de ella. Fundó Mujeres de Convivencia, una organización comunitaria que hoy reúne a 25 mujeres venezolanas y colombianas, la mayoría de ellas wayuú.

«Siempre he sido una luchadora», dice. «Pero vivir aquí me ha hecho aún más fuerte».

Sindy, por su parte, nunca se ha ido. Ha pasado toda su vida conociendo cada calle, cada familia, cada historia. Colombiana y wayúu, el liderazgo corre por sus venas. De niña, soñaba con cambiar las dificultades que veía en su barrio: calles sin asfaltar, jóvenes sin espacios de ocio y familias sin servicios básicos. Con solo 25 años, ya ha sido miembro del consejo comunitario y recientemente ha sido elegida presidenta de la Junta de Acción Comunitaria.

«La comunidad confía en mí», dice, «y eso me motiva a seguir trabajando por ellos».

Sindy conoce al detalle todos los problemas de su barrio. No hay un sistema de alcantarillado adecuado ni un suministro de agua fiable, ni centro de salud, ni campo de deportes, ni salón comunitario para reuniones. El río Ranchería discurre cerca y, cuando crece, el 80 % del barrio se inunda. Las familias deben salir corriendo con sus pertenencias antes de que el agua se lo lleve todo.

«Tenemos el mar delante, los manglares cerca y el río a nuestro alrededor», dice. «Y, sin embargo, seguimos sin tener acceso al agua potable».

Hace un año, Aura y Sindy aprendieron a mejorar la gestión de desastres en su barrio gracias a Prepárate+, un proyecto liderado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Unión Europea. Durante una de las primeras actividades, trabajaron con los vecinos para trazar un mapa en el que se identificaran las viviendas, las zonas de riesgo y lo que ocurría cuando llovía. El ejercicio les abrió los ojos a realidades que todos conocían, pero que nunca habían nombrado colectivamente.

«Nos hicimos más conscientes de los riesgos a los que nos enfrentamos debido al lugar donde vivimos», dice Aura. «Antes, cuando el barrio se inundaba, mucha gente se quedaba en sus casas con el agua hasta el pecho porque no sabían que la escuela, la iglesia o las zonas elevadas cercanas podían servir como albergues seguros».

Crearon una red comunitaria encargada de ponerse en contacto con las autoridades cada vez que se avecina una posible emergencia . «Ahora podemos contactar con las instituciones y estas dan una respuesta rápida», dice Aura. «Esa conexión ha supuesto una diferencia real para nuestra comunidad».

También aprendieron que la gestión de residuos afecta directamente al riesgo de inundaciones. La diferencia, dice Sindy, es visible. «Ahora la gente es más consciente de su entorno y de la importancia de cuidarlo». Organizan campañas de limpieza, reciclan bolsas de plástico para convertirlas en hilo con el que tejen bolsas y transforman los residuos orgánicos en abono.

Como parte del proyecto, viajaron juntas a Cali y Bogotá. Allí se reunieron con líderes de otras partes del país y participaron en la elaboración de una evaluación para la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos de Desastres de Colombia.

«Establecimos relaciones con personas que se enfrentan a retos similares en otras comunidades», dice Sindy. «Ahora nos apoyamos mutuamente y compartimos lo que aprendemos».

El barrio está cambiando poco a poco. Casi 50 personas colaboran activamente con Aura y Sindy. Juntas, organizaron y restauraron un parque deteriorado. Aunque la amenaza que supone el río Ranchería no desaparecerá, la comunidad está ahora mejor preparada. Algunos jóvenes incluso se han matriculado en programas de enfermería, motivados por el deseo de ayudar durante las emergencias.

Aura sueña con abrir una tienda de artesanía y ver crecer la red «Mujeres por la Convivencia» hasta que pueda sostenerse económicamente. Sindy sueña con construir un centro comunitario y un campo deportivo para los jóvenes del barrio. Ambas esperan crear un grupo dedicado a la protección del medio ambiente.

Mientras tanto, siguen tejiendo. El tejido wayuú es un lenguaje que se transmite de mujer a mujer. Según la tradición oral, fue Wale’kerü, una araña mítica, quien enseñó a las mujeres el arte de entrelazar hilos y les explicó que la fuerza reside en la interdependencia. Lo que se teje con paciencia e intención no se rompe fácilmente.

Aura y Sindy lo saben bien. En la frontera entre dos países que el pueblo wayuú nunca consideró separados, el tejido continúa. Siempre ha sido un acto de memoria y ahora, en manos de Aura y Sindy, es también un acto de construcción de un futuro más resiliente.

Esta historia fue escrita por Elizabeth Rivera, consultora de la OIM en Colombia.

Esta historia forma parte del programa PREPÁRATE+, una iniciativa de Ayuda Humanitaria de la UE, ejecutada por la OIM en Colombia. El proyecto busca fortalecer los sistemas comunitarios de preparación ante desastres con un enfoque de migración y género.

FUENTE: https://colombia.iom.int/


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