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junio 1, 2026

Cuando la locura caminaba por las calles bogotanas, y tenía nombre de mujer


Refundidos entre los archivos históricos, poco a poco van apareciendo sus nombres: la Loca Margarita, Pacha Muelas, Valentina Sombreros, Mauricia y la Loca Benita, cinco mujeres que entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX deambularon por las calles bogotanas en aparente estado de locura. Viudas, víctimas de la violencia o trastocadas por una pérdida, desafiaron el poder y la moralidad de su tiempo. Caminaron desnudas, gritaron consignas liberales o hablaron de sexualidad libremente. En una ciudad fría y puritana, que buscaba crecer alrededor de la idea de progreso, no era cómodo verlas, ni posible entender el dolor que llevaban a cuestas. La solución que encontraron las autoridades de la época parecía sencilla: internarlas en el ‘asilo de las locas’.‌
En el semillero de investigación de la Biblioteca Nacional, la antropóloga Silvana Bermúdez Claros publicó un documento que revive sus historias y reconstruye sus trayectos por la capital a través de mapas antiguos. El texto explora cómo la locura ha sido una categoría de segregación, especialmente contra mujeres marginales, pobres y sin redes de apoyo, una situación que no ha terminado de revertirse en nuestros días. De acuerdo con el informe Salud mental de las mujeres en Bogotá: factores de riesgo y protectores, realizado por la Secretaría de la Mujer en 2024, el 62% de las personas deprimidas son mujeres, y la pobreza, el cansancio y la soledad son, en efecto, factores de riesgo.‌
El informe no habla de locura, sino de ansiedad y depresión, las enfermedades mentales más comunes de la Bogotá de hoy. Enviar a las mujeres a un asilo ya no es la primera opción, ni practicarles una lobotomía; una época oscura de los tratamientos psiquiátrico que fue retratada en el documental Ana Rosa, estrenado en 2024 y dirigido por Catalina Villar, que reconstruye la historia de su abuela paterna —a quien le practicaron dicho procedimiento quirúrgico— y que evidencia cómo en el siglo pasado las mujeres que rompían los moldes eran víctimas de prácticas que hoy serían consideradas tortura.‌
En la investigación de Bermúdez, varias de las mujeres retratadas terminaron en el ‘asilo de las locas’, fundado en 1874 y que funcionó hasta 1980; casi un siglo en el que atendió más de 2.000 pacientes femeninas, especialmente de clase social baja: campesinas, amas de casa o trabajadoras informales, aunque las de clase alta también llegaban allí. La investigadora detectó una particularidad que diferenciaba los tratamientos que recibían hombres y mujeres. Ellos eran, sobre todo, llevados a cárceles. Su salud mental era silenciada, y entendida como una condición que ponía en riesgo al conjunto de la sociedad, pero tenían la posibilidad de reintegrarse una vez cumplían su pena.‌
“A las mujeres, en cambio, no buscaban resarcirlas”, comenta Bermúdez en una entrevista por videollamada. “Ya las daban por perdidas. Apenas entraban a los centros psiquiátricos les cortaban el pelo, las uniformaban con una bata y las homogeneizaban”. La sede inicial del asilo, cerca de la Plaza de Bolívar, poco a poco fue alejada del centro de poder. Primero fue trasladada a una casona en la calle 12 con carrera quinta; las crudas experiencias de esa etapa quedaron retratadas en el libro Las mujeres de Ningunaparte -como llamaban a la vivienda-,escrito por Luz Alexandra Garzón Ospina y publicado el año pasado. Finalmente, el asilo fue llevado al municipio de Sibaté, convertido en una edificación lúgubre, aunque rodeada de jardines. “Tenían que tener lugares de esparcimiento, porque iban a estar allí toda la vida”, explica la antropóloga.‌
Solo había dos salidas: la muerte o la fuga. En 1868, un proceso de higiene social que buscó sacar a los vagabundos de las calles bogotanas —el término ‘habitante de calle’ habría de implementarse hasta inicios del siglo XXI—, derivó en el encierro de Pacha Muelas, una mujer conocida como una gran repostera que fue encerrada por incurrir en comportamientos “inaceptables”. “Finalmente, en un descuido, se fuga, escondiéndose en un cajón de restos humanos esperando llegar al cementerio, abre el cajón de un puntapié, toma un brazo humano y corre asustando a soldados y presidiarios, lo que le permite escapar”.‌
“Algo que yo vi en el caso de estas cinco mujeres es que muchas de ellas cargaban el duelo de la muerte, y eso se vio como una forma de vivir en la locura”, comenta Bermúdez. La Loca Benita fue una francesa que perdió la razón por un amor, y Valentina Sombreros, bautizada así por sus sombreros excéntricos, una aristócrata que comenzó a vagar por las calles luego de que su amante, un embajador chileno, muriera en sus brazos.‌
Sin embargo, la más icónica fue la Loca Margarita. Llegó a la ciudad a pie desde Fusagasugá, luego de quemar su casa tras perder a su esposo en la Batalla de Palo Negro, en 1902, y después a su hijo, asesinado por órdenes de un general conservador. Ella, en contraposición, fue una ferviente liberal. “Cada mañana iba a la Iglesia del Carmen para rezar por su esposo, su hijo, y por el general Rafael Uribe Uribe, a quien veneraba”. Se le otorgaron facultades adivinatorias; se comentaba que predijo el atentado contra el líder político, el 15 de octubre de 1914. Salió corriendo a la Plaza de Bolívar y, al encontrarlo herido en el piso, se lanzó sobre su cuerpo y se bañó en su sangre.‌
El lenguaje de la época no supo nombrar aquello que ella encarnaba. Hoy sería calificada como víctima de la violencia, migrante, activista y líder social; reunía y organizaba a obreros, vagabundos y prostitutas en una chichería del barrio Las Aguas. Su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación y su nombre se convirtió en mito. Pasó de generación en generación cada vez que las madres les advertían a sus hijas: “Cuidado con terminar como la loca Margarita”. ¡Pero cuántas Margaritas caminan hoy por la ciudad, mal diagnosticadas, tristes y perdidas!‌
El informe Salud mental de las mujeres en Bogotá muestra que entre los 29 y 59 años es cuando más consultan por depresión, y que el 37% de las diagnosticadas son jefas de hogar. “Las múltiples demandas sociales y familiares que deben enfrentar representan una doble o triple jornada de trabajo”, concluye. El estrato socioeconómico también es un factor determinante: del total de las personas que reportaron depresión, incluidos hombres, el 96% vivía en zonas de estratos 1, 2 y 3.‌
El principal hallazgo del estudio reivindica lo sucedido con algunas de las “locas” de siglos pasados. Reconoce, aunque tarde, que “haber experimentado un evento traumático o profundamente angustiante constituye un factor de riesgo crítico para la salud mental, aumentando significativamente las probabilidades de padecer depresión, ansiedad o conducta suicida”. Pese a que hoy el enfoque hacia las enfermedades mentales es más integral, no por ello son necesariamente más visibles. La “locura” ya no se viste de estrambóticos sombreros, sino que se camufla entre el silencio, los ansiolíticos y los antidepresivos. 

FUENTE: EL PAIS


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