mayo 11, 2026
Las ‘tradwives’ venden como un sueño lo que millones de mujeres viven en Latinoamérica como una condena

Son las tres de la madrugada y Lupita Duarte prepara el lonche (almuerzo) para su esposo, que sale temprano a trabajar. Mientras cocina, graba con su celular: cómo calienta las tortillas, sirve el café en un termo y guarda la carne asada en un tupper. Después, sube el contenido a TikTok para sus más de 600.000 seguidores y cada mes recibe de la plataforma entre 3.000 y 4.000 dólares por el contenido. Duarte es mexicoamericana, vive en Fresno, California, y se identifica abiertamente con el movimiento tradwife o, en español, esposas tradicionales: una tendencia viral en redes sociales donde mujeres promueven desde sus cuentas el regreso a los roles de género dedicados exclusivamente al hogar, la cocina y el cuidado de los hijos. Este contenido, que podría parecer inocente o fortuito, es un negocio y todo un fenómeno. El fenómeno más paradójico de las redes sociales de los últimos años.
La tendencia de las tradwives nació en el mundo anglosajón y en poco tiempo se ha extendido a otros contextos, chocando frontalmente con todo aquello que el feminismo ha preconizado durante décadas. Me vienen a la cabeza otros ejemplos: Estee Williams es una de las caras más reconocibles del movimiento en Estados Unidos. Ella misma ha definido el término como “una mujer que prefiere un rol ultratradicional en el matrimonio, incluyendo la creencia de que el lugar de la mujer está en el hogar”. Practicaba no salir sin el consentimiento de su marido. Lo grababa. Lo monetizaba y acumula más de 300.000 seguidores entre TikTok e Instagram. En España, el ejemplo más visible es Roro Bueno, una joven que se hizo famosa por los vídeos en los que le hacía de comer a su novio.
Siempre empezaban igual: “Hoy a Pablo le apetecía comer…” y lo que venía después eran horas interminables para preparar los ingredientes desde cero, con una voz suave, una melena perfecta y una mirada angelical.
Aunque Roro no se llame a sí misma tradwife, sus más de 14 millones de seguidores consumen su contenido como tal. Solo hay que ver los comentarios para darse cuenta, y eso se ha traducido en miles y miles de euros. Vuelvo con Duarte. Llegué a su historia a través de una entrevista que le hicieron en el medio Latino USA. En ella, la mujer explica que creció viendo a su madre trabajar sin descanso en su negocio. “Vi que a veces tomar las decisiones tú sola es muy estresante (…) creo que mi mamá no pudo disfrutar mucho”, decía. Ver a su madre agotada entre la casa y el trabajo la llevó a querer algo diferente. Algo que de manera tramposa parece ofrecer el movimiento tradwive.
La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral no vino acompañada de una redistribución equivalente del trabajo de cuidados ni de políticas públicas que lo sostuvieran. Para millones de mujeres, el resultado fue una doble jornada de trabajo: primero fuera y después dentro de casa.
Así que sí, el agotamiento es real, pero la solución que proponen estas mujeres es una trampa, un performance cargado de mentiras. Como señaló el escritor Pedro Torrijos en un hilo de su cuenta de X, lo que estas mujeres venden no es un estilo de vida, sino una puesta en escena construida sobre ficciones apiladas: la del pasado mítico que nunca existió tal cual, la del hogar estético. Me pregunto por qué siempre salen cocinando, pero no fregando el baño, por ejemplo, y la más irónica de todas, la del esfuerzo manual como virtud.
La tradwife muele la harina desde el trigo, convierte la leche en mantequilla y con ello niega el siglo XX en cada gesto. Y luego está la ficción que deshace todas las demás: detrás de la cocina impoluta y perfecta hay una cámara, un aro de luz, un programa de edición y, al final del mes, una transferencia bancaria. Estas mujeres no son amas de casa, son empresarias. En realidad, son las verdaderas proveedoras de sus familias. Mujeres que usan su autonomía económica, su libertad de expresión y sus habilidades empresariales (todas conquistas feministas) y que, sin embargo, promueven el mensaje de que el resto deberíamos renunciar a todo eso.
No es algo anecdótico. Es lo que Silvia Federici lleva décadas diciendo: el capitalismo necesita el trabajo doméstico de las mujeres para funcionar, y su mecanismo más eficaz para garantizarlo no es la coacción, sino la naturalización. Es decir, convertir el trabajo en amor, la obligación en vocación, la explotación en identidad. Las tradwives no subvierten ese mecanismo, lo perfeccionan. Ahora el trabajo doméstico no solo se naturaliza como amor, sino que se monetiza como contenido, generando plusvalía para las grandes empresas tecnológicas, mientras el mensaje que se distribuye es que las mujeres debemos renunciar a nuestros derechos para ser más felices.
La misma caspa de siempre, pero con filtro de Instagram. ¿Saben qué? Podríamos leer este fenómeno como una moda pasajera o algo espontáneo, pero sabemos que no lo es. Existe un contexto político que no puede ser ignorado y su auge coincide con una ola reaccionaria que en la última década ha colocado a gobiernos de extrema derecha en América, Europa y más allá. Gobiernos que comparten, entre sus prioridades, devolver a la mujer a lo privado, desmantelar las políticas públicas de igualdad y atacar los derechos sexuales y reproductivos.
Y no es espontáneo porque investigaciones sobre el comportamiento de TikTok han demostrado que, tras consumir contenido tradwife, la plataforma recomienda progresivamente material de extrema derecha. Hasta aquí podríamos concluir que todo esto es pura hipocresía. Pero va más allá. El problema real no es lo que estas mujeres hacen con su propio dinero y su propia plataforma. El problema es lo que su mensaje hace cuando aterriza en otro contexto.
En América Latina, una de cada cuatro mujeres no tiene ingresos propios. El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa entre el 15 y el 27% del PIB en los países donde se ha medido, y más del 74% de ese trabajo es realizado por mujeres. La región tiene 117 mujeres en situación de pobreza por cada 100 hombres en la misma condición, según datos oficiales. Y en este contexto, la “elección” de quedarse en casa no es una elección.
Angela Davis lo señaló hace décadas en ‘Mujeres, raza y clase’: el ideal de la ama de casa fue siempre un privilegio de clase y de raza. Las mujeres negras, indígenas y pobres nunca pudieron quedarse en casa. La independencia económica no es solo una conquista simbólica: es la diferencia entre tener salida o no tenerla. Según la CEPAL, en 2024 se registraron al menos 3.828 feminicidios en la región —once muertes al día—, la mayoría a manos de parejas o exparejas. He escrito y documentado muchos casos de violencia contra las mujeres y, cuando conoces sus historias, te das cuenta de que uno de los mecanismos que las atrapa en esas relaciones es la falta de ingresos propios. Sin dinero, sin trabajo, sin autonomía, la puerta de salida para ellas no existe.
El movimiento tradwife no habla de nada de esto. Sus videos no muestran qué pasa cuando el hombre proveedor te golpea, te controla o te abandona. En sus videos solo existe la idealización de un pasado que nunca existió porque es una trampa. Lo hacen desde el privilegio que solo es posible tener gracias a esos derechos que rechazan, mientras convierten la desigualdad en algo a lo que toda mujer debería aspirar. La dependencia económica no es solo pobreza: es una jaula que el agresor no necesita construir porque la cultura ya la construyó por él.
FUENTE: EL PAIS












