mayo 5, 2026
Las redacciones de Colombia enfrentan su ajuste de cuentas mientras las mujeres rompen el silencio

Un nuevo informe sobre el periodismo colombiano recoge más de 260 testimonios de acoso, poder y silencio, exponiendo cómo las mujeres en los medios aprendieron a sobrevivir en redacciones que prometían carreras mientras enseñaban en silencio el miedo, la obediencia y la resignación a lo largo de generaciones durante años.
La red de susurros en la redacción
En muchas redacciones colombianas, la advertencia supuestamente llegaba antes que la denuncia. “Así es él.” “Mejor evítalo.” Las frases suenan pequeñas, casi casuales, el tipo de folclore de oficina que pasa de una mujer a otra cerca de un escritorio de edición, en un pasillo, después de una transmisión. Pero en el informe publicado por el movimiento Yo te creo colega, esas frases se convierten en evidencia de algo más grande y brutal: una cultura profesional donde se esperaba que las mujeres se adaptaran al abuso en vez de esperar protección.
El informe, elaborado por las periodistas Juanita Gómez, Paula Bolívar, Laura Palomino, Catalina Botero y Mónica Rodríguez, recopila más de 260 testimonios de periodistas, practicantes y trabajadoras de medios. Los relatos abarcan más de dos décadas. No describen un puñado de encuentros incómodos o malentendidos personales. Describen una cultura repetida de acoso sexual, acoso laboral, silencio e impunidad dentro del periodismo colombiano.
El patrón es familiar porque las mujeres en toda América Latina conocen demasiado bien este guion. Un hombre con influencia elogia el talento de una joven. Le ofrece acceso, guía, visibilidad y un posible empleo. Luego, el cumplido profesional se convierte en presión. La promesa de crecimiento se transforma en una prueba de obediencia. Una periodista anónima contó que un hombre le dijo que podía ayudarla a conseguir trabajo en el canal, que veía potencial en ella, pero que tenía que “portarse bien”.
Esa frase lleva la vieja gramática del poder. No se trata solo de deseo. Se trata de jerarquía. En una región donde las carreras en medios suelen construirse a través de redes personales, contratos escasos, visibilidad pública y reputaciones frágiles, la capacidad de contratar, recomendar, ascender o aislar a alguien se convierte en un arma. Para las mujeres, especialmente las jóvenes que ingresan a la industria, la redacción puede convertirse en un lugar donde la ambición debe atravesar un corredor de riesgo.

El poder con gafete de prensa
Según el informe, el 80 por ciento de los casos provienen de medios televisivos, y el 20 por ciento restante se distribuye entre prensa escrita, radio y plataformas digitales. Esa concentración importa. La televisión da prestigio. Da autoridad de rostro. Convierte a presentadores, directores y reporteros senior en figuras públicas, a veces intocables. Cuando ese poder público entra al lugar de trabajo, el desequilibrio se profundiza.
El informe presenta trece casos documentados, algunos con testimonios identificados, y señala que el proceso sigue recibiendo relatos de periodistas en diferentes regiones de Colombia. Entre ellos, Juanita Gómez describe un incidente en 2015 durante una cobertura en Chile, cuando un colega intentó besarla sin consentimiento en un ascensor. Durante años, dijo, la experiencia fue normalizada como parte del trabajo. “Tuve que apartarlo de mí, a la fuerza.”
La periodista deportiva Lina Tobón contó que sufrió un beso forzado cuando tenía 17 años y comenzaba en un canal local. Años después, ya en un medio nacional, dijo que fue sometida a tocamientos no consentidos por parte de un colega de mayor rango, un hombre que, según ella, ya había sido denunciado por varias mujeres sin consecuencias. Tras rechazarlo, dijo que siguió el acoso laboral, lo que terminó en su renuncia.
Ahí es donde el daño se vuelve más que un solo momento. El informe enfatiza que el impacto es profesional y emocional: ansiedad, estrés e incluso abandono del periodismo. “No solo hay abuso, también hay pérdida de talento”, dice el texto. En un país donde el periodismo ya ha pagado un alto precio por la violencia, la presión y la intimidación política, perder mujeres porque las redacciones no pueden protegerlas no es un problema interno de recursos humanos. Es una herida democrática.
Para las mujeres latinoamericanas, el caso colombiano tiene peso regional porque el periodismo es una de las profesiones que ayuda a definir la verdad pública. Los reporteros hacen preguntas a presidentes. Investigan la corrupción. Narran historias de víctimas. Pero si a las mujeres dentro de esas instituciones se les dice que callen sobre su propio daño, entonces la prensa misma empieza a reflejar la misma impunidad que suele denunciar.
Los presuntos agresores descritos en el informe no eran figuras marginales. Incluían directores, presentadores y jefes que podían influir en la carrera de las víctimas. Un testimonio anónimo dijo: “Sentía que mi carrera dependía de lo que aceptara o no aceptara”. Esa frase es la maquinaria de la coerción en su forma más pura. Muestra por qué el silencio no puede confundirse con consentimiento. La conclusión del informe lo dice claramente: el silencio es una estrategia de supervivencia.

Un espejo latinoamericano
Desde marzo, Colombia ha enfrentado una ola de denuncias públicas de acoso sexual en organizaciones de medios, poniendo bajo la lupa las condiciones laborales en todo el sector y empujando a las instituciones a responder. El Ministerio de Trabajo inició inspecciones en varias empresas, incluido el sistema público RTVC, tras las acusaciones contra su gerente, Hollman Morris, buscando verificar posibles violaciones de derechos laborales y violencia en el trabajo.
El caso más viral involucró a Caracol Televisión, que anunció la salida “de mutuo acuerdo” del presentador Jorge Alfredo Vargas y el despido del periodista deportivo Ricardo Orrego tras acusaciones públicas contra ambos. Estas acciones pueden parecer rendición de cuentas, y para muchas mujeres que observan, pueden sentirse como algo largamente postergado. Pero el informe advierte que, a pesar de los avances legales, persisten fallas estructurales en la prevención y el castigo.
Esa es la pregunta central en América Latina. ¿Qué pasa después del escándalo? Demasiado a menudo, las instituciones de la región reaccionan cuando la vergüenza pública se vuelve imposible de manejar. Inspeccionan después de que las mujeres hablan. Castigan después de que los nombres se hacen tendencia. Prometen protocolos después de que las carreras ya han sido dañadas. El desafío más profundo es crear sistemas lo suficientemente fuertes para que las mujeres no tengan que sacrificar anonimato, paz o empleo solo para que les crean.
El momento de Colombia también habla de clase, edad y vulnerabilidad profesional. Las practicantes y periodistas jóvenes son de las más fáciles de presionar porque aún están construyendo un nombre, todavía aprenden las reglas no escritas, aún temen ser catalogadas como problemáticas. En los medios, la reputación es moneda. Un susurro puede cerrar una puerta. La versión de un hombre poderoso puede viajar más rápido que la denuncia de una mujer.
Para las mujeres latinoamericanas, este informe no trata solo de los sets de televisión colombianos o los pasillos de las redacciones. Se trata del viejo pacto que se les ha pedido aceptar en oficinas, universidades, campañas, juzgados, instituciones culturales y partidos políticos: soportar al hombre poderoso, manejarlo en silencio, proteger la institución y no arruinar tu futuro. Las palabras cambian según el país. El ritual permanece.
El informe de Yo te creo colega rompe ese ritual al convertir los susurros en un registro. No presenta el acoso como una crisis, sino como algo acumulado, protegido y repetido a lo largo de los años. Esa distinción importa. Una crisis puede culparse a individuos. Una crisis acumulada exige memoria institucional, reparación y reforma.
Las redacciones de Colombia ahora enfrentan una prueba que va más allá de despidos o inspecciones. Deben decidir si las mujeres que cuentan las historias del país pueden finalmente contar las suyas propias sin ser castigadas por sobrevivir. Para América Latina, la lección es aún más clara. Las democracias no pueden pedir a las mujeres que defiendan la verdad en público mientras las dejan solas en privado con el poder, el miedo y las puertas cerradas.
FUENTE: https://latinamericanpost.com/












