febrero 2, 2026
Una comunidad inesperada: mujeres y clubes de lectura

Recorrimos la experiencia de cuatro clubes de lectura en Colombia, Ecuador y México, que para muchas mujeres se han convertido en espacios seguros y de afectuosa contención para liberar la propia voz.
Cerrar el libro y seguir con la vida
En su Manifiesto por la lectura (2020), Irene Vallejo habla sobre la oralidad que acompaña la práctica de la lectura de las mujeres, en la que es fácil reconocer “a la persuasiva Sherezade, pero también a la protagonista de una leyenda nacida en la tradición oral francesa, ‘La madre de los cuentos’, donde una joven aprendía el arte de narrar escuchando el susurro del viento entre los árboles. Al regresar a casa con el bagaje de las historias aprendidas de los álamos, de las hayas y de los robles, el embrujo de su voz lograba enmudecer la vara con que, día tras día, la golpeaban”.
Enmudecer la vara con la que son golpeadas; hacer una introspección que de otra manera o en otras circunstancias tal vez sería imposible; enfrentar en un espacio inédito los dolores, las cargas y los miedos; repensarse a la luz de la literatura y las conversaciones que esta suscita. Es la potencia —para algunos, impensada— de los clubes de lectura en la vida de muchas mujeres.
“Una de mis teorías es que necesitamos verbalizar lo que leemos, y los clubes de lectura son un espacio maravilloso en el que encontramos otras voces y podemos expresar lo que un libro nos generó”.
“Una de mis teorías es que necesitamos verbalizar lo que leemos, y los clubes de lectura son un espacio maravilloso en el que encontramos otras voces y podemos expresar lo que un libro nos generó. Muchas de nosotras somos más emocionales, así que no podemos cerrar el libro y seguir con la vida, sino que necesitamos procesar esa información. ¿Cómo lo hacemos? Conversándola, conociendo otros puntos de vista y compartiendo nuestra propia mirada”, dice Ana María Medina, escritora colombiana y directora del club de lectura Nuwe de Libros, que hoy suma 204 000 seguidores en IG (@lanuwe).
Hoy parece ser un común denominador que los clubes de lectura usualmente estén conformados, en su mayoría, por mujeres. Para la escritora y periodista cultural ecuatoriana Adelaida Jaramillo, directora del espacio Palabralab, con alrededor de once mil seguidores en Instagram (@palabralab), confluyen varios factores como el hecho de que “a los hombres les intimida participar en espacios donde las voces femeninas son mayoría y las dinámicas no están centradas en ellos, escenario al que no están acostumbrados”.
Aunque bastante se han estudiado los fenómenos y situaciones relacionadas con los libros, aún no es fácil encontrar estadísticas sobre los clubes de lectura. De estos no hay cifras que nos den una perspectiva general respecto a lo que viene ocurriendo en Latinoamérica ni en sus países de manera particular. Lo que sí tenemos es eso que todavía no se ha cuantificado en detalle y es imposible medir en números: la experiencia que ofrecen a muchas mujeres de habitar —presencial o virtualmente— un espacio de empoderamiento, una red de apoyo, una comunidad inesperada.
¿Se lee desde el género?
Sobre el que las mexicanas Alma Karla Sandoval y Denisse Buendía han denominado editopatriarcado nos dan luces los resultados de un estudio hecho por Nielsen Book Research en 2021, a pedido de la periodista inglesa Mary Ann Sieghart para su libro de ensayo The Authority Gap. “Es desproporcionadamente improbable que los hombres siquiera abran un libro escrito por una mujer”, afirma Sieghart. Las diez autoras más vendidas, entre las que se contaban Danielle Steel, Jane Austen y Margaret Atwood solo tenían 19 % de lectores, versus 81 % de mujeres.
“Hay hombres que leen mucha ficción y buscan acercarse a este tipo de textos, pero tienden más hacia unos más académicos o biográficos, donde haya más datos. Creo que persiste una muy mala percepción de que la ficción, especialmente las novelas, son de entretenimiento liviano o que no aportan”, señala Valentina Trava. Ella es una de las creadoras de contenido literario más reconocidas en Latinoamérica (la siguen alrededor de 118 000 usuarios de Instagram), promotora de lectura y coautora del libro Terapia literaria (2022).
Adelaida la secunda cuando afirma que los hombres tienden a leer libros vinculados con sus oficios o intereses profesionales y que la ficción no siempre entra en su agenda. Sin embargo, advierte que las opiniones de ellos han ido cambiando de manera sustancial a lo largo de los diez años que lleva dirigiendo su club de lectura. “Al inicio solían tener una mirada más masculina al leer los textos, sin importar el género del autor. Hoy, en cambio, son más sensibles y logran desprenderse de esa perspectiva para emitir sus juicios. El que dirijo es un club que, debo aclarar, lee más obras de escritoras que de escritores, y creo que ese ejercicio de ‘despatriarcalizar’ la lectura ha transformado su forma de mirar los libros y también el mundo”.
¿La inmersión en el libro es diferente para las mujeres? Los hombres son mucho más prácticos y reservados, responde Valentina; “la experiencia de ellos es más silenciosa porque no son tan expresivos”, anota Diana Rodríguez Ledesma. Ana María coincide al afirmar que ellos hacen una lectura un poco más individual. Aunque en su club las mujeres son mayoría, nos cuenta que los pocos hombres que participan hacen aportes maravillosos: “Vienen desde otro lugar y alimentan la conversación”.

ofrece una perspectiva impactante y nos revela la magnitud de la brecha que aún persiste entre hombres y mujeres.
De su experiencia como coordinadora de clubes y talleres, Valentina comprende que es más fácil esa disposición en entornos donde todo el mundo está leyendo la misma historia. “Ojo: también estamos hablando de lectores con criterio y que son más empáticos, entonces creo que estos espacios hacen más fácil para las mujeres el abrirse emocionalmente”, explica. Por eso, es muy común que la trama de un libro destape alguna situación con la que varias mujeres pueden identificarse. “A partir de ahí es que hablan de experiencias propias, de temas que consideraban prohibidos o vergonzosos y que no podían tratar en otro lugar”.
Carmen Elena Marcel, integrante del Club del Libro n.º 1, fundado hace 52 años en Quito, afirma que para las mujeres es más fácil socializar sus lecturas, unas que “nos enriquecen, pues nos permiten viajar de la mano de un escritor y conocer todos los mundos posibles”. También destaca la presencia de muchos esposos que poco a poco se han ido vinculando a los veintisiete espacios de la Asociación de Clubes del Libro del Ecuador.
Transitar de lo privado a lo público
De los clubes de lectura que se han agenciado en el ámbito público nos cuenta Diana, historiadora y mediadora de lectura en Manuel Zapata Olivella – El Tintal y Virgilio Barco (ubicadas en el sur y el occidente de Bogotá). De sus nueve años de experiencia destaca las numerosas actividades diseñadas y dirigidas a la infancia, donde las personas que acompañan a niños y niñas son mujeres en su mayoría.
Según explica, en este tipo de contextos tienen un acercamiento inicial en bloque para acompañar a sus niños y niñas. “Sin embargo, luego se dan cuenta de que también hay actividades pensadas para ellas, en virtud de que tienen menos espacios para el ocio que los hombres. Ellos pueden tranquilamente dejar su casa para ir a un club o a un taller afuera, sin que eso signifique desestabilizar el orden de las cosas, mientras que para muchas mujeres la elección está entre salir o quedarse cuidando y a cargo de otro montón de tareas, además de su trabajo”.
Ya lo dice Vallejo sobre Safo, Lisístrata, Antígona, Praxágora y otras tantas mujeres que abrieron espacios y posibilidades que alguna vez les fueron restringidas. “Cuando ellos se aburren en casa, salen a distraerse. Sin embargo, si hacemos lo mismo, no nos dejan salir, diciendo que hay que cuidar a los hijos”, reclamaba la Medea de Eurípides.
Como ella, con muchos siglos de distancia, las mujeres que van hoy a los clubes de lectura atraviesan una primera etapa en la que no consideraban asistir por sí mismas ni para sí mismas, sino para llevar a los niños que tienen bajo su cuidado.
Luego viene el descubrimiento, pues encuentran en los clubes un territorio que van haciendo propio, donde siempre hay lugar para su voz y sus ideas, para pensar de otros modos, para intercambiar opiniones e intuiciones, sin preocuparse por ser ni aparentar nada. “A mí ya no me importa si la gente lee más o mejor; ahora lo que me importa es que los libros ayudan a que transitemos muchas emociones, entendamos la vida, seamos más empáticos con el otro y convertirnos en humanos más conscientes de las cosas que tenemos que trabajar”, señala la escritora Ana María Medina.
Dolerse, leer, rescatarse
Como el resultado del trabajo conjunto de quienes han creado redes en BibloRed, Diana comparte el caso de Bernarda de Serna, una mujer de 86 años que dedicó toda su vida a trabajar y a maternar. Cuando se inauguró la biblioteca Virgilio Barco en 2001, empezó a asistir a los clubes de lectura. “Ni siquiera era bachiller, pero formando parte de los clubes se animó a terminar de cursar y se graduó. No se quedó en eso, sino que se convirtió en una lectora voraz y apasionada. Siempre me dice que la lectura le cambió la vida al permitirle un entendimiento más crítico de las cosas”.

de nuestra memoria con ellos.
De sus diez años liderando clubes de lectura, Adelaida recuerda que, durante la pandemia, compartieron Geografía doméstica de Margarita Cuéllar Barona. “Una de las socias acababa de ser madre primeriza y me dijo que nunca había leído algo que ella estuviera sintiendo. La descripción que hace la autora, sobre todo respecto a la lactancia, es muy gráfica: culpa, dolor, frustración y agotamiento”. Sin pensarlo, el libro se convirtió en un alivio y, así como la madre de la protagonista, esta madre primeriza se sintió acompañada. “A veces damos por sentado lo que ocurre a nuestro alrededor y la lectura compartida puede llevarnos a territorios emocionales que no conocíamos”, anota Adelaida.
Los clubes son, además, “lugares seguros donde muchas mujeres se sienten tranquilas y contenidas, nunca juzgadas”, dice Ana María. Algunas de sus reuniones se han convertido en ambientes de terapia, tanto que hoy se apoya en la psiquiatra Rocío Barrios para acompañarla en sesiones puntuales. “Entendí que necesitaba a una persona que tuviera las herramientas psicológicas para dar respuesta a quienes están abriendo su corazón y lo lograron a través de los libros”.
En otros casos los libros que leen juntas permiten a algunas mujeres procesar duelos y reconciliarse con procesos dolorosos de maneras inexploradas. Valentina cuenta que la lectura de El salvaje de Guillermo Arriaga ayudó a una de las participantes a atravesar una etapa de inmenso dolor, tras el fallecimiento de su esposo y sus dos hijos en un accidente: “Ella nos contó que ese libro le había permitido no olvidar, pero sí procesar, entender, reconciliarse con esa idea de la muerte en una circunstancia tan dura. Agradecimos que, a partir de ese libro, ella lograra compartir la experiencia pero, sobre todo, rescatarse a sí misma”. Así se cuentan las victorias de estos espacios donde los relatos invaden lo más íntimo y liberan sentimientos callados. De esta manera forman una cadena invisible de gente que ha salvado historias, sueños y pensamientos.
FUENTE: https://revistamundodiners.com/












