marzo 10, 2026
La mayoría de votantes son mujeres, pero los candidatos les proponen poco

Esta columna fue escrita por la columnista invitada Ana Alejandra Alape Gamez.
Si el electorado femenino fuera un partido político, sería el más grande de Colombia. En Colombia, las mujeres son mayoría del electorado y votan con más disciplina que los hombres. Ningún candidato puede ganar contra la mayoría. Sin embargo, la política colombiana sigue actuando como si este hecho fuera secundario. Hay un dato muy simple que casi nunca aparece en el centro del debate público. En las últimas elecciones presidenciales y territoriales las mujeres han representado consistentemente más del 53% de los votos efectivamente emitidos. No del censo electoral, sino de los votos reales, de los que terminan definiendo quién gobierna.

Los números son claros. En el censo electoral para las presidenciales de 2022, de 39 millones de ciudadanos habilitados para votar, 20,1 millones eran mujeres y 18,9 millones hombres, una diferencia de más de 1,2 millones de votantes a favor de las mujeres. En las elecciones territoriales de 2023, la brecha se repitió con cerca de 20 millones de mujeres frente a 18,9 millones de hombres. No es un dato aislado ni un accidente estadístico, es una constante elección tras elección.
El dato más importante no está solo en el número de personas habilitadas para votar, sino en quiénes realmente llegan a las urnas. Según el informe oficial de la Registraduría Nacional y ONU Mujeres sobre las elecciones de 2022, las mujeres ejercieron su derecho al voto en mayor proporción que los hombres, con una participación de 59,7% frente al 52,8% masculino. Esto significa que entre quienes sí votaron ese día, las mujeres representaron el 53% del total. Es decir, la mayoría del electorado activo.

La pregunta, entonces, es evidente: ¿Qué están proponiendo los candidatos para ese 53% del voto real? La respuesta, en muchos casos, es sorprendentemente escasa. Los discursos de campaña suelen girar alrededor de seguridad, inflación o crecimiento económico, como si estos temas afectaran a todos por igual y como si las brechas de género no existieran. Pero la experiencia económica de las mujeres en Colombia muestra una realidad distinta.
De acuerdo con el Dane, en enero de 2025 la tasa de desempleo femenino en Colombia fue de 15,8%, frente al 8,6% masculino, una diferencia de 7,2 puntos porcentuales. A esto se suma la brecha salarial. Según el Dane y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el ingreso mensual de las mujeres es en promedio 6,3% menor que el de los hombres, y entre mujeres con educación profesional frente a sus pares hombres la diferencia llega hasta el 21,6%. Además, las mujeres con hijos menores de 18 años ganan en promedio un 11% menos que los hombres en las mismas condiciones.

Aquí aparece una paradoja evidente. Las mujeres son el grupo con mayor peso electoral en Colombia y al mismo tiempo el grupo que enfrenta mayores niveles de desempleo, menores salarios, una mayor carga de trabajo no remunerado y menor representación política. Son el 52% de la población y el 55% de quienes se gradúan de la universidad, sin embargo, apenas representan el 40% de las candidaturas al Congreso en 2026, incluso así ese porcentaje ya es presentado como un avance.
El panorama latinoamericano muestra que ignorar a las mujeres como actor político tiene consecuencias. Gustavo Petro llegó al poder con un discurso que buscaba ampliar la representación política e incluyó a Francia Márquez como vicepresidenta, la primera mujer afrocolombiana en ocupar ese cargo, una decisión que generó una expectativa importante en el electorado femenino. Aun así, la relación entre gobiernos progresistas y movimientos feministas en el país ha sido compleja y contradictoria.
En el otro extremo del espectro político también se observan tensiones. Javier Milei construyó su campaña presidencial en Argentina con un discurso abiertamente crítico de las agendas de género, ganó la elección y hoy enfrenta niveles de rechazo femenino que complican su gobernabilidad. El mensaje que dejan ambos casos es claro: ignorar a las mujeres como actor político tiene un costo electoral.
El voto femenino no es homogéneo ni responde a una sola agenda. Las mujeres colombianas votan atravesadas por diferencias de clase social, región, edad e ideología, pero muchas comparten una experiencia económica y laboral marcada por brechas persistentes que las políticas públicas no han logrado cerrar.
De cara a las elecciones de 2026, la pregunta no es si las mujeres tendrán un papel decisivo, los datos muestran que ese papel ya existe. La verdadera pregunta es si algún candidato entenderá que gobernar para la mayoría del electorado implica reconocer sus condiciones reales y hablarles con propuestas concretas.
Ana Alejandra Alape Gamez
Administradora pública e investigadora en asuntos públicos y análisis económico.
FUENTE: LA SILLA VACIA












