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febrero 14, 2023

#MeToo político ¿Finalmente?


Esta semana se empezó a mover en Colombia el hashtag #Metoo, pero vinculado al mundo político, tal vez uno de los más violentos y agresivos con las mujeres.

Esta semana se empezó a mover en Colombia el hashtag #MeToo, pero vinculado al mundo político, tal vez uno de los más violentos y agresivos con las mujeres. Algunas de nosotras salimos a los medios de comunicación a ventilar nuestras propias historias. Otras, como Wendy Calderón no están aquí para contarlo.

Pero hay algo que siempre me llama la atención y es que cuando la violencia basada en género y el acoso sexual aparecen en el escenario público nos acusan a quiénes denunciamos de utilización política, sin ni siquiera detenerse a observar nuestra trayectoria o militancia. Lo segundo que ocurre es que se corre a redactar un protocolo, que probablemente permanezca como documento muerto porque las relaciones de poder no se transforman. Nos gradúan de buenas o malas feministas, de acuerdo a la orientación política del denunciado.  

Esta división es un camino fácil y cínico a la vez. Dado que en todas las estructuras políticas del país y en nuestro propio comportamiento los hombres han disfrutado de posiciones de poder mucho mayores que nosotras, siempre se teme retar esta situación. Me explico: es mucho más fácil aislar a la víctima del mundo político, que sentar al sujeto. Incluso se puede llegar a tal nivel de cinismo como el de Yidis Gahona de decir que en un caso clarísimo de agresión sexual como el que él protagonizó, la propia víctima le debía disculpas por contar lo que le pasó.

Así, unas mujeres son nombradas y reconocidas y otras desestimadas. Se rechazan unos casos y se protegen a otros. En algunas ocasiones se pide que la justicia penal haya fallado, mientras en otras se reconoce el escrache como válido, ante la ausencia de otras opciones de justicia y reparación. Sin embargo, aquello que realmente produciría un efecto reparador, que es el reconocimiento y la verdad como una forma de justicia – ahí si restaurativa (no como lo señaló David Racero) está tristemente ausente del debate político.

Esta idea de que el feminismo progresista se ocupa de los “problemas reales” de las mujeres populares es simplemente una falacia. El riesgo de sufrir acoso, violencia sexual y agresión es mayor entre más vulnerable sea la persona, es cierto. Pero si nosotras, mujeres urbanas y que vivimos en privilegio hemos podido salir a denunciarlo no significa que no ocurra en entornos rurales y con mujeres populares. Todo lo contrario, quiénes hemos estado cerca del feminismo indígena, popular y campesino sabemos perfectamente todo lo que han tenido que aguantar las mujeres, con complicidad de cronistas e historiadores. Lo que nos pasó a nosotras es mínimo, frente a lo que les sucede a ellas, pero es provocado por el mismo mecanismo: hombres con poder que se creen con derecho frente a nuestros cuerpos. 

Esto no tiene nada de incoherente con los programas de gobierno. Todo lo contrario, sería lo correcto después de anunciar en el Plan Nacional de Desarrollo que el cambio será con las mujeres. Segundo, necesitamos que las voces que dicen apoyar las denunciantes lo hagan para todos los casos. Es difícil, especialmente para las mujeres en la política porque muchos de estos hombres están en sus propias coaliciones, pero no se puede invisibilizar a unas mientras se apoya a otras. No es correcto. 

Tercero, no podemos seguir teniendo soluciones cosméticas. Lo más importante es que dentro de las propias colectividades políticas y movimientos se den las condiciones para que las mujeres desarrollen sus carreras y militancias en un espacio seguro. No se vale decir que el mundo es así y que debemos seguir tolerando espacios agresivos e inseguros. Tampoco es cierto que las mujeres de antes aguantaran menos: es que aguantaron demasiado para poder abrir camino. 

Esto es finalmente lo que tenemos que lograr en caso de que se active un #MeToo político en Colombia. Por un lado, el gobierno debe reconocer que el acoso sexual es una práctica extendida, socialmente aceptada, que es violenta y genera daño, y como tal necesita ser rechazada. Por otro, los hombres en la política deben cambiar radicalmente su comportamiento y producir entornos libres de violencias contra las mujeres. ¿Mucho pedir? No lo creo.

Gerente para América Latina de la fundación Paz y Reconciliación y politóloga.
@LauraJBonillaPor: Laura Bonilla

FUENTE: https://www.noticiasrcn.com/


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