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octubre 26, 2026

¿Puedo ocupar espacio?


Hace unos días, en un avión, me di cuenta de lo difícil que era acomodar mi cuerpo en el asiento. Me sentía como si estuviera intentando entrar en una de esas sillitas para bebés: las piernas buscando dónde ponerse, los brazos pegados al cuerpo, los hombros intentando no invadir. Estiré un poco los pies y terminé tocando los del señor que estaba enfrente. Al otro lado, el hombre sentado a mi lado se quedaba dormido y su cuerpo luchaba por no terminar recostado sobre mí. Tres desconocidos en una fila, empacados juntos. Hay algo íntimo en lograr delimitar el cuerpo de una persona con la que compartís oxígeno durante cuatro horas seguidas.

‌Pero no es solamente una sensación. Los asientos de los aviones sí se han hecho más pequeños. En los años setenta, un asiento de clase económica podía medir alrededor de 46 centímetros de ancho; décadas después, el promedio llegó a rondar los 42. También se redujo la distancia entre una fila y otra: de unos 89 centímetros en los años setenta a cerca de 79.

El mundo que habitamos, literalmente, se ha ido encogiendo.

Cada vez que me muevo por una ciudad tengo la sensación de que hay menos espacio. En restaurantes, bares, aviones, cafés: mesas cada vez más juntas, sillas contra sillas, conversaciones contra conversaciones. Nos empacamos.

‌Y no sólo ocurre en lo público. También hemos aprendido a mirar un apartamento de 30 metros cuadrados y decir: tiene todo lo necesario. Aspiramos a una habitación y una terraza pequeña donde poner unas plantas, donde sentir que podemos respirar. Empezamos a romantizar y fantasear con “lo suficiente”.

‌¿Dónde quedó esa fantasía por los jardines grandes, las casas de muchos cuartos y los techos altos? ¿En qué momento simplemente caber se convirtió en lo necesario?

‌Estar apretada en ese avión me hizo pensar mucho en mi cuerpo. No recuerdo una época de mi vida en la que no haya pensado en mi peso. Desde los 11 años, cuando pesaba 114 libras, recuerdo sentir que ya pesaba demasiado. En los últimos años, la edad, el trauma, la vida o sencillamente tener un cuerpo que cambia han hecho que suba de peso. Y la idea de que mi cuerpo ocupe demasiado espacio me aterra.

‌Me da vergüenza verme con ciertos vestidos y sentir que mis piernas se ven enormes. Me molestan los rollos que aparecen debajo de una blusa o que la ropa “oversized” me quede simplemente “sized”. Ahí mi cerebro empieza a compararse. Con la mujer que camina frente a mí. Con la ex de mi ex. Con alguien en Instagram. Con una versión de mí misma de hace cinco años. Entro en una competencia constante que siempre tengo que ganar.

También aparecen frases como la de aquel ex comentando sobre mí: “¿Ya viste qué gorda está?” Quisiera que no importara. Pero importa. Siento que voy perdiendo esa competencia.

‌Hace poco aprendí un término: body fascism, fascismo corporal. En su sentido más cotidiano, se refiere a la intolerancia hacia los cuerpos que no se ajustan a determinada idea de lo deseable.

‌El nazismo hizo de la salud, la capacidad, la reproducción y la llamada “pureza racial” asuntos de Estado. Decidió qué cuerpos eran deseables, cuáles debían reproducirse y cuáles eran considerados una amenaza. También la educación física de niños y niñas formaba parte de ese proyecto. Mientras los varones eran preparados para la disciplina física y militar, las jóvenes de la Liga de Muchachas Alemanas practicaban actividades que las autoridades nazis consideraban apropiadas para preparar sus cuerpos para la maternidad.

‌En la España franquista, la Sección Femenina también utilizó la educación física y el deporte para transmitir un ideal determinado de mujer y los valores sociales, políticos y religiosos que debían ordenar su vida.

El cuerpo nunca ha sido solo cuerpo. En los proyectos autoritarios, se convierten especialmente en un espacio político. De pronto no me parece una coincidencia que en el mundo actual los asientos sean cada vez más pequeños. Que cada vez quepamos menos.

‌No creo, obviamente, que exista una política de Estado unificada ordenándole a Avianca reducir sus asientos. Pero sí vivimos dentro de una cultura históricamente obsesionada con ordenar los cuerpos: medirlos, corregirlos, disciplinarlos, clasificarlos. Decidir cuál cabe y cuál sobra. Dónde sobra barriga. Sobra pierna. Sobran brazos. Sobra piel. ¿Qué cuerpo femenino ocupa demasiado?

‌Me da muchísima pereza que en 2026 sigamos hablando del peso. Siento que esta conversación debería estar superada. Ya tuvimos body positivity, modelos de tallas grandes, campañas sobre cuerpos reales, años enteros diciéndonos que todos los cuerpos son válidos. Y, sin embargo, hay días en los que pienso que todos mis problemas podrían solucionarse con Ozempic. Sé que no es cierto. Pero lo pienso. Realmente creo que sería más feliz con veinte libras menos. O, ya que estamos fantaseando, cuarenta.

‌Sé que seguiría teniendo los mismos problemas. Seguiría teniendo ansiedad, cuentas que pagar, relaciones complicadas, inseguridades, días malos. Pero una parte de mí está convencida de que atravesaría todo eso un poquito mejor si pudiera hacerlo dentro de un cuerpo más pequeño.

De pronto reducir mi cuerpo ya no parece únicamente una cuestión de voluntad. Parece una opción. Una posibilidad disponible dentro de una dosis de inyecciones. si podría ser más pequeña, ¿por qué no lo soy?

Curiosamente, el ideal masculino dominante suele moverse en otra dirección. Más músculo. Más espalda. Más brazos. Más fuerza. Un cuerpo capaz de verse grande, poderoso, sólido. Tomar espacio. A nosotras, en cambio, nos han pedido reducir.

‌Durante muchos años aprendí que podía sobrevivir sin ser la persona más lista de una habitación. Podía no ser la más simpática. Podía no ser la más talentosa. Pero no ser atractiva me parecía muchísimo más peligroso. Lo fui aprendiendo. Y me he martirizado por mantener ese atractivo, como un único activo realmente válido.

‌Quizá por eso aquel asiento de avión me hizo pensar en todo esto. Porque cuando mi cuerpo comienza a desbordar los limites de los asientos mi primera reacción no es pensar: qué ridículo que nos vendan un asiento en el que apenas cabe una persona. Mi primera reacción es: debería ser más pequeña.

Por eso pienso en esto como una especie de manifiesto del espacio. En el cuerpo como nuestra primera extensión dentro de él. En qué significa ser mujeres dentro de un mundo que, de tantas maneras distintas, nos ha enseñado que estaríamos mejor si fuéramos un poco más pequeñas. Si ocuparamos menos espacio. Solo el necesario.

FUENTE: EL PAIS


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