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octubre 16, 2026

Mujeres migrantes y colombianas retornadas lideran iniciativas que transforman comunidades en la frontera


A través de la escritura y los encuentros comunitarios, Edy Patricia Granados y Zeneida Nava acompañan a otras mujeres de sus comunidades.

La resiliencia, la solidaridad y el liderazgo son cualidades que muchas mujeres ponen en práctica cada día para salir adelante y transformar a las personas de su entorno. Estas tres virtudes se reflejan en las iniciativas que llevan a cabo una colombiana retornada y una migrante venezolana en las zonas de frontera de Colombia: la primera comparte con otras mujeres la escritura para narrar sus historias y sensibilizar sobre sus realidades, mientras la segunda reúne a sus vecinos en espacios de conversación, escucha y apoyo mutuo.

Estas experiencias hacen parte de los procesos acompañados por el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), una organización internacional que busca acompañar, servir y defender a las personas afectadas por la movilidad humana forzada. Su labor incluye a migrantes, refugiados, personas desplazadas por el conflicto armado y población confinada, así como a quienes reciben a estas personas en sus territorios y contribuyen a que construyan un proyecto de vida.

“Más allá del objetivo específico de cada iniciativa, su apuesta es una sola: transformar las realidades a las que se enfrentan las poblaciones migrantes, refugiadas y víctimas del conflicto. Lo que se está buscando con ellas es promover la vida digna de las personas, sin importar su situación socioeconómica, de dónde vienen, para dónde van (…) y el derecho que tienen todas y cada una de ellas a encontrar un lugar, a ser parte de algo y a construir o reconstruir un proyecto de vida”, sostuvo Ximena Vidal, directora del JRS Colombia.

En el municipio de Tame, en Arauca, esa apuesta por generar cambios desde las propias experiencias se refleja en el trabajo de Edy Patricia Granados, una colombiana retornada que, junto con otras mujeres, encontró en la escritura una forma de narrar sus historias, sanar heridas que llevan en el corazón y visibilizar las situaciones que enfrentan.

Su compromiso con el trabajo social viene desde la infancia, cuando aprendió de su madre, una maestra que trabajaba por el bienestar de su entorno, la importancia de ayudar a los demás. Sin embargo, su propia historia estuvo marcada por la violencia del conflicto armado: su hijo de 18 años se convirtió en una de las víctimas de los falsos positivos. Pese a la tristeza y al inmenso vacío que dejó esta pérdida, Edy reunió la valentía —que reconoce como una de sus principales fortalezas— y denunció los hechos. Poco tiempo después, comenzó a recibir amenazas que la obligaron a huir del país.

En 2008 llegó a Venezuela, donde permaneció más de una década como refugiada. En medio de ese proceso, el acompañamiento del JRS le permitió encontrar motivos para reconstruir su vida y apoyar a otras mujeres que atravesaban situaciones difíciles. “Somos muchas familias a las que simplemente nos fracturaron la vida y nos tocó aprender en nuestra resiliencia a sobrevivir y a inventar nuevas formas de salir adelante”, expresó.

Durante su estancia en el vecino país participó en talleres y capacitaciones con otras refugiadas, migrantes y madres cabeza de hogar. Juntas llegaron a crear una pequeño emprendimiento, en la que comercializaban los productos elaborados a partir de los conocimientos que compartían.

A finales de 2017, cuando regresó a Tame, decidió continuar esa labor ya que, según sus antiguas compañeras, era una acción que debía ser replicada para ayudar a otras. Al retornar a Colombia, vió que persistían prejuicios contra las migrantes venezolanas y comenzó a defender la importancia de la solidaridad entre mujeres, sin importar su nacionalidad. Su propósito, indica, es que puedan reconocerse en las experiencias de las otras y construir redes de apoyo frente a las violencias que muchas han vivido.

La escritura se convirtió en una nueva herramienta para fortalecer ese tejido. Cuando les presentaron un proyecto de narrativa escrita, Edy propuso que el espacio no se limitara a formar a las mujeres como reporteras comunitarias, sino que les permitiera contar sus propias historias y poner en palabras aquello que les dolía y que aún guardaban en el fondo de sus corazones, sin exponerse a nuevos riesgos.

Así nació la revista Lideresa, una iniciativa en el que las participantes pueden escribir con su nombre o de manera anónima sobre aquello que todavía les cuesta decir en voz alta.  “Cuando me siento aterrada, cuando me siento deprimida, mi forma de hacerme autoterapia es escribir lo que me está doliendo”, relató.

En su primera edición, varias mujeres se enfrentaron al temor de escribir o a las dificultades para hacerlo. Algunas solo tenían algunos años de escolaridad, pero encontraron en el grupo una forma de apoyarse y así dejar plasmado en papel, y luego en digital, relatos aún más crudos que los de Edy.

Actualmente, 15 mujeres de distintas procedencias y experiencias —entre ellas, colombianas retornadas, víctimas del conflicto, mujeres afrodescendientes y migrantes venezolanas— trabajan en una tercera edición. También elaboran un pequeño magazín con información sobre sus barrios y organizan cafés literarios en los que leen y conversan sobre sus propios escritos.

El proceso, asegura Edy, ha comenzado a dar resultados. Ha visto cómo mujeres que antes eran tímidas se han convertido en lideresas y otras que tenían dificultades para leer hoy lo hacen con una seguridad que la sorprende. “Eso es en silencio, sin aplausos, pero lo estamos haciendo poco a poco”, dice la colombiana retornada, convencida de que compartir sus historias puede ayudar a otras con realidades similares a reconocer las violencias que enfrentan, encontrar apoyo y descubrir que no están solas.

Un café solidario

Mientras Edy Patricia encontró en la escritura una herramienta para compartir experiencias, Zeneida Nava apuesta por conversar, escucharse y acompañarse. Desde 2019 lidera ‘Charlemos y tomemos café’, una iniciativa que reúne a mujeres de distintas procedencias en el asentamiento humano El Refugio, más conocido como El Recreo, en Arauca.

Zeneida es una mujer afrodescendiente originaria del estado venezolano de Zulia. Hace cerca de nueve años llegó a Colombia con su hijo menor, Santiago, quien entonces tenía un año y sufría una desnutrición grave. La falta de medicamentos, sumada a la crisis de su país, la llevó a migrar. Sus otros tres hijos se quedaron al cuidado de sus padres, pues no tenía los recursos para viajar con todos.

Al llegar a Colombia encontró a otras familias venezolanas en condiciones precarias, sin empleo, sin recursos para pagar un arriendo y, algunas, viviendo en refugios improvisados. “Uno nunca jamás sabe todo lo que implica ser migrante y todo lo que conlleva llegar a un lugar donde uno no lo conoce, donde es otra cultura, donde uno no tiene ninguna red de apoyo y es supercomplicado”, recordó.

A las dificultades económicas se sumaron los obstáculos para acceder a los servicios de salud, el desconocimiento de las rutas de atención y la xenofobia. “En el momento que yo llegué acá no se hablaba tanto de los derechos de las personas migrantes y todo eso, porque Arauca es un territorio que nunca había recibido una población como la que comenzó a recibir desde 2015”, señaló.

Cuando las organizaciones de cooperación internacional empezaron a trabajar en el territorio, Zeneida se interesó por asistir a talleres y capacitaciones y así se dio cuenta de que varios de sus derechos fueron vulnerados ante el desconocimiento. Allí conoció a otras mujeres, entre ellas colombianas desplazadas por el conflicto armado y colombianas retornadas, con quienes compartía experiencias similares.

“Quiero que otras mujeres que lleguen al territorio no tengan que pasar por lo mismo que yo para despertar, sino que puedan tener ese conocimiento de primera mano, saber qué deben hacer, cuáles son las rutas de atención y todo eso”, explicó. Así nacieron los encuentros que luego se llamarían ‘Charlemos y tomemos café’. En medio de las dificultades y las amenazas contra algunos líderes del asentamiento por el conflicto armado, las mujeres encontraron un espacio seguro. 

El grupo está conformado por 15 mujeres, diez de ellas activas. Sus labores incluyen la orientación sobre los derechos de las personas migrantes, refugiadas y desplazadas; la creación de espacios seguros para mujeres, niños y niñas; el cuidado del medioambiente, y la entrega de raciones de comida a adultos mayores y mujeres embarazadas. También acompañan a la comunidad ante las emergencias y, según las necesidades, buscan apoyo de las instituciones.

Zeneida contó que, durante las inundaciones de inicios de año, organizaron la preparación y distribución de alimentos para las familias que no podían salir de sus viviendas. La emergencia también las llevó a cuidar perros y gatos que quedaron atrapados o abandonados por la emergencia. Al principio, las integrantes aportaron los alimentos que tenían en sus casas y, posteriormente, buscaron el apoyo de otras personas y entidades para ampliar la ayuda. 

El acompañamiento de ‘Charlemos y tomemos café’ ha contribuido a transformar la vida de algunas mujeres. La líder comunitaria recuerda casos de participantes que llegaron con varios hijos, sin ingresos propios y en relaciones marcadas por la violencia. A través de cursos y talleres, algunas aprendieron oficios, comenzaron a trabajar y retomaron sus estudios. De hecho, una de ellas está próxima a graduarse del bachillerato y espera estudiar enfermería.

La labor del grupo también busca cambiar la percepción sobre El Refugio, un territorio que, según Zeneida, suele aparecer en las noticias por hechos violentos, mientras se desconoce el trabajo de sus habitantes. Sin embargo, enfrenta limitaciones: no cuenta con financiación permanente y considera prioritaria la formalización del asentamiento, que alberga a más de 5.000 familias, según su estimación.

Pese a las dificultades, insiste en que las mujeres de la comunidad pueden contribuir a cambiar su entorno. “Para nosotros lo principal es la dignidad, reconocernos que somos diferentes, pero que tenemos los mismos derechos y la transformación es no quedarme aquí esperando a ver quién me viene a ayudar, sino qué puedo hacer yo y qué puedo aportar”, afirmó.

Las iniciativas de Edy Patricia y Zeneida reflejan la resiliencia, la solidaridad y el liderazgo de mujeres que, pese a las adversidades, encuentran en sus propias experiencias motivos para ayudar a otras. Desde la escritura y tomar un café, ambas contribuyen a transformar sus entornos, tejer redes de apoyo y demostrar que, incluso en medio de las dificultades, es posible construir espacios esperanzadores.

Valentina Robles Angarita – Redacción Impreso

FUENTE: EL TIEMPO


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