abril 7, 2026
Manon Garcia: El caso Pelicot hizo visible la violación como un hecho social ordinario, no excepcional

La filósofa francesa Manon Garcia afirma que el caso de Gisèle Pelicot generó «un momento colectivo de claridad» al hacer visible la violación «como un hecho social con condiciones ordinarias», como el matrimonio, el hogar, el dormitorio, las rutinas de la vida cotidiana, y no como una suma de «escándalos excepcionales».
«Eso es importante porque nuestra fantasía más reconfortante es que el peligro está ‘afuera’, que es cometido por desconocidos; este caso obligó a la gente a enfrentarse a cómo la violencia puede organizarse dentro de la intimidad», señala en una entrevista con Efeminista Garcia, quien en 2024 decidió acudir al juicio que se realizó en el Palacio de Justicia de Aviñón, en Francia, contra el exmarido de Gisèle, Dominique Pelicot, y otros 50 hombres que la violaron entre 2011 y 2020, y del que habla en su libro Vivir con los hombres. Reflexiones sobre el juicio Pelicot.
Al igual que Garcia otras decenas de mujeres decidieron acudir para presenciar con sus propios ojos un juicio que dio la vuelta al mundo por decisión de la propia Gisèle, que desde un principio tuvo claro que la vergüenza tenía que estar en el lado de los agresores y no en el de las víctimas.
Mucha más la apoyaron a distancia, convocando a plantones y manifestaciones en diferentes ciudades, lo que para la filósofa tenía un mensaje que iba más allá de Gisèle. «Hubo otra contribución que es política de una manera muy concreta: la aparición de un ‘nosotras’ visible de mujeres, con presencia, apoyo y solidaridad, insistiendo en que no se trataba solo de su historia, sino de una cuestión dirigida a la sociedad», señala.
Aunque la autora también admite que «el caso reveló los límites del tribunal», ya que un juicio «puede establecer hechos y castigar a individuos», pero «no puede, por sí solo, transformar la cultura que produce esos hechos».
«A largo plazo, por desgracia, no creo que este juicio haya cambiado mucho. Ha habido un cambio muy leve en la definición penal de la violación, y algunas pruebas médicas para detectar la sumisión química ahora serán reembolsadas por el seguro de salud, pero socialmente no creo que el juicio haya cambiado profundamente las actitudes», lamenta.
El caso Pelicot en el libro de Manon Garcia
El consentimiento se convirtió en un punto clave en este caso, estuvo «onmipresente», dice Garcia en el libro, ya que durante todo el proceso judicial se les preguntó a los agresores si Giséle había consentido lo que ellos le habían hecho. Algunos de los hombres que la violaron alegaron durante el juicio no haber sido conscientes de que estaba drogada y de que ella no había aceptado estar ahí, y al menos uno admitió que ella no había consentido esa situación.
«En primer lugar, diría que muchos hombres no carecen del concepto de consentimiento; lo que les falta es el hábito de tratar a las mujeres como sujetos plenos, cuyo deseo, rechazo, miedo, cansancio o ambivalencia cuentan. El consentimiento no es una casilla burocrática que se marca; es una práctica de reciprocidad. Requiere una actitud: ‘quiero saber lo que tú quieres’, no ‘quiero obtener lo que yo quiero'», afirma la autora.
Agrega que, por lo tanto, «el trabajo es cultural y relacional». «Los hombres tienen que dejar de pensar el sexo a través de un modelo contractual: ‘vino a casa conmigo’, ‘somos pareja’, ‘no dijo que no lo suficientemente fuerte’, ‘ya había dicho que sí antes’, como si una situación previa creara un derecho. Deben aceptar que el consentimiento es específico, presente y revocable, y que la inconsciencia, la coerción o las asimetrías de poder lo destruyen», explica.
«¿Cómo toman conciencia los hombres? Parte es educación, pero otra parte es responsabilidad entre hombres. A menudo lo digo de forma directa: casi todas las mujeres conocen a mujeres que han sufrido violencia sexual; la mayoría de los hombres dice no conocer a ningún agresor. Esa aritmética es imposible a menos que los hombres se nieguen a reconocer lo que hacen otros hombres o se nieguen a intervenir», menciona.
Garcia señala que la conciencia se vuelve real cuando tiene consecuencias: «cuestionar chistes, detener a amigos, creer a las mujeres, interrogar el propio pasado y aceptar la incomodidad en lugar de refugiarse en el ‘no todos los hombres'».
La «normalidad» de los agresores y las «buenas víctimas» de violación
Los hombres que violaron a Gisèle eran vecinos de barrio, padres, hermanos, hijos, profesionales, personas «normales» que sacan este caso del mito del monstruo de las esquinas oscuras que está esperando a su próxima víctima, y puso sobre la mesa el pacto patriarcal que hay entre ellos por no cuestionar y ponerle el nombre real a situaciones como estas.
«Aquí vemos algo parecido a una economía moral entre hombres: saber sin actuar, nombrar sin intervenir, mantener la lealtad hacia los pares masculinos en lugar de hacia la víctima. Y eso no es solo un fallo individual; es un patrón social. Significa que el costo del silencio es bajo y el costo de intervenir, de romper filas, es alto», asegura la autora.
«No hace falta una conspiración para que haya impunidad; basta con una cultura donde minimizar sea automático, donde el testimonio de las mujeres se trate como ruido de fondo y donde el ‘verdadero escándalo’ pase a ser que se critique a los hombres como grupo en lugar de que se dañe a las mujeres», agrega.
Este caso también puso el foco en las características de una supuesta «víctima perfecta» en la que Gisèle nunca encajó y por eso también se la juzgó y se restó credibilidad a sus palabras en lugar de señalar a los agresores.
Para la filósofa, esta clasificación de ‘buena víctima’ «reproduce la lógica según la cual las víctimas deben ser perfectas, mientras que a los perpetradores se les concede complejidad, excusas y segundas oportunidades».
Además, señala que «esta construcción puede usarse para disciplinar al feminismo», ya que crea un mensaje implícito: «sé como ella, habla como ella, no seas demasiado política, no estés demasiado enfadada».
«Pero la lección política de este caso no es que las mujeres deban ser ejemplares para que se las escuche. La lección es que no deberían tener que ser ejemplares en absoluto para ser protegidas», añade.
Romper el aislamiento
Manon Garcia resalta al final de su libro cómo mujeres se organizaron para acompañar a Gisèle dentro y fuera del Palacio de Justicia y también para hacerle sentir desde otras partes de Francia y del mundo que no estaba sola, actos simbólicos que muestran que «el feminismo transforma el mundo cuando rompe el aislamiento».
«El aislamiento es una de las condiciones que hace que la violencia perdure. Cuando las mujeres se presentan, cuando insisten públicamente en que les concierne, desplazan la vergüenza y el silencio obligan a dirigir la atención hacia los perpetradores, las complicidades y las instituciones», afirma.
La autora señala que la «reacción antifeminista es real», pero que es una señal «de que el terreno se está moviendo». «Cuando se cuestiona la masculinidad, cuando se discute el consentimiento, cuando se nombran las culturas de ‘club de chicos’, quienes se beneficiaban del silencio se sienten amenazados».
«La fuerza del feminismo hoy es que ha hecho imposible la neutralidad: ya no se puede fingir que estos son asuntos ‘privados’. Y ese es el comienzo de un cambio duradero, porque una vez que algo se vuelve políticamente visible, se vuelve también políticamente discutible», concluye.
FUENTE: EFEMINISTA












